Viajar en avión tiene algo de mágico, algo que trasciende a la cotidianeidad del día a día terrenal.
Al despegar, se abandona el lugar donde se desarrolla tu vida. Se abre un paréntesis en el que se atraviesan diversos territorios y fronteras hasta llegar a un lugar donde se desarrollará otro capítulo de tu vida. Es un paréntesis entre el pasado y el futuro. Un presente en forma de puente.
Para mí, lo mas fascinante e inquietante del vuelo, es experimentar cómo se puede viajar cómodamente en un entorno estándar y aséptico mientras, 8 km por debajo de la panza del avión se suceden episodios fascinantes y dramáticos.
Me resulta increíble cómo se puede sobrevolar en poco tiempo lugares inhóspitos o completamente saturados de vida. Lugares con paisajes increíbles, gentes en guerra o en la intimidad del amor. Teritorios arrasados por fenómenos naturales o por la mano del hombre. Episodios de violencia y represión, momentos de absoluta calma, enormes bancos de plancton submarino impulsados por el azar de las corrientes, exiguas poblaciones aisladas, mansiones, chabolas...Y todo, tranquilamente sentado, tomando un whisky con hielo.
Mientras abajo un hombre está a punto de matar a otro por cruzar una frontera en busca de una vida mejor, tú lloras viendo una película “made in Hollywood”.
Mientras, pocos quilómetros más abajo, alguien muere por no poder alimentarse, tú eliges entre pollo y pasta y dejas la mitad de la comida entre un montón de plásticos rebeldes e indestructibles.
Mientras, abajo, un hombre explota a otro para obtener un mineral fundamental para los componentes tecnológicos, yo escribo este texto desde mi computadora compuesta por dicho material.
De un aeropuerto a otro aeropuerto, que son el mismo aeropuerto. El mundo se hace pequeño, a la vez comprensible y a la vez absurdo.
8 km y poco mas de 1.000 euros hacen la diferencia entre el cielo y la tierra.


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