Por Mar Fernández
Me llamo Mar. No me dedico a la biología marina por llamarme así, sino porque mi madre ya llevaba este nombre tan oceánico y poco común allá por los años sesenta, cuando nací.
En la adolescencia dudé entre ciencias o letras, pero entre tantas opciones posibles elegí la biología. Y la especialidad de marina porque para mí nunca existieron paisajes más bellos que los fondos marinos que Jacques Cousteau traía a la televisión de mi casa, ni nada simbolizó mejor las ansias de libertad que por edad me correspondían como esa masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie de la Tierra (como dice la Real Academia Española de la Lengua), y resulta tan fascinante (como añado yo).
Al principio de mi decisión hube de navegar varios años por distintas universidades, sorteando la escollera de exámenes que invariablemente se me presentaba cada trimestre y claro, disfrutando de los períodos de “sol y moscas” en la cubierta de los períodos sin parciales. Con varios años de ciencia en el aula no habían menguado mis ganas de "mojarme" (y nunca mejor dicho), así es que me propuse (y conseguí) ir encadenando embarques y empaparme (¡qué ganas de agua!) de todo lo que sólo en la mar se aprende.
Sin lugar a dudas, mis mayores aventuras han estado siempre asociadas a mi participación en alguna campaña de investigación oceanográfica Siempre vuelvo con algunos kilos menos en el cuerpo, pero con la agenda llena de hipotéticos amigos de países y pensamientos ajenos a los míos. Y en la mochila siempre traigo cualquier objeto insólito “pescado” en mercadillos de los puertos pesqueros donde embarcaba o desembarcaba.
Terminé optando a la plaza de bióloga marina que ahora ocupo y que motiva mi presencia aquí, frente a Cabo Blanco, en aguas del Atlántico Centro Oriental.
Han pasado ya diez días desde que salimos del puerto de Las Palmas de Gran Canaria, y sólo cuatro desde que abandonamos nuestra escala en Agadir.
Podría pensarse que en la mar, lo más cambiante es la tierra (cuando la costa está lo suficientemente próxima, claro): no es igual percibir las siluetas volcánicas de las cumbres canarias recortándose en el horizonte que distinguir entre la bruma los kilómetros y millas de costa baja, rocosa, parduzca, sahariana. Además, el discurrir de las estaciones deja marcas inequívocas en las costas de latitudes templadas.
Pero después de tantas horas navegando, los hombres de la mar me han enseñado a distinguir los muchos matices de azul, de verde, de marrón, o incluso de rojo que caben en el océano. Rojo. Sí, he dicho rojo, rojo sangre, y si no me creéis, preguntad en el puerto de La Atunara por el color del mar cobrando atunes de derecho o de revés en la almadraba. Lo bueno es que los matices marinos nunca permanecen, siempre cambian, por lo que única y exclusivamente pertenecen a quien los aprecia.
En cambio, la costa es tan previsible e inmutable que el ojo avezado del capitán siempre distingue el accidente geográfico o urbanístico que identifica la línea de costa frente a la que estamos. Claro que últimamente los promotores inmobiliarios de todo tipo alteran con bastante celeridad el paisaje litoral, de modo que los niveles de siniestralidad urbanística en cualquier lugar de la costa son ahora elevadísimos. Y no me habléis ahora de los GPS, porque sí, existen, se usan constantemente y aportan una precisión envidiable a nuestros transectos pesqueros, pero la verdad es que los auténticos marineros (tengo la suerte de conocer y haber conocido a muchos) no los necesitan para auscultar el corazón de esas aguas que conocen playa a playa, bajío a bajío, de cabo a bahía.
Entre lance y lance, marineros y biólogos departimos sobre lo divino y lo humano. Bueno, más bien sobre esto último, e invariablemente terminamos con aquello de "…y luego dicen que el pescado es caro” como colofón a la eterna diatriba entre cuánto saben los marineros por experiencia y cuánto ignoramos los biólogos por la inexperiencia de todo lo escrito en nuestros libros.
Es curioso lo fácil que me resulta convivir con gente en un espacio confinado (el "Carolina Tres" es un arrastrero de 45 metros y yo comparto camarote con Rafa, el otro biólogo). Y cuando digo convivir, lo digo en su plena acepción de vivir en compañía de otros las 24 horas del día (a bordo se trabaja a destajo), ya que se trata de comer, trabajar, dormir, pensar, sentir, e incluso vomitar, siempre rodeada de un grupo de personas totalmente extrañas a mi entorno, a mi mundo, a mi gente. Lo de vomitar es porque necesito un pequeño período de “amarinamiento” que incluye caras verdosas y vómitos intempestivos durante unas cuantas horas, las suficientes para querer morirme en el lugar más alejado de la cubierta del maldito barco a bordo del que navegue en este momento.
No sé si será la sensación de fragilidad que otorga el saberse flotando sobre billones de millones de moléculas de agua la que nos hace a todos un poco iguales: si una ola monstruo hunde el barco por sorpresa, mis posibilidades de supervivencia nada tienen que ver con todo lo que sé ni con lo educada que pueda ser, ni con la ropa que lleve puesta, sino más bien con lo cerca que me encuentre del bote salvavidas, de mi resistencia física o de si somos varias personas las que podemos ayudarnos mutuamente. A bordo, todos escribimos al dictado de los caprichos del mar y nadie lo ignora. Cada uno conoce sus puntos fuertes y jamás se señalan las debilidades del compañero. Las tareas y responsabilidades están claras, de modo que todos somos piezas útiles.
Decía que hoy estamos frente a las costas de Cabo Blanco, en los 21º de latitud norte, en una zona que los mapas no dibujan bien y los patrones de pesca rehúyen por las minas que yacen abandonadas desde la época de la Marcha Verde. Ya sé que del conflicto saharaui sólo se acuerdan canarios y campogibraltareños cuando se trata de acoger a niños de familias saharauis que, por no tener, ni siquiera son dueños de un territorio propio. Y también sé lo inútil de saber que en política internacional rigen los mismos egoísmos que en el patio de infantil de mis hijos, donde el que tiene más tazos (esa “chapa” japonesa y de plástico decorada con nombres imposibles pero ciertamente creativos) no presta ni uno para no dejar de ser el que más tiene. Aquí enfrente, más allá de los acantilados donde la arena del desierto se arroja al mar, miles de saharauis sufren en silencio tras haberles sido arrebatadas su identidad y su tierra, y lloran amargamente la ceguera connivente de la comunidad internacional que cómodamente alojada en los mejores hoteles alauitas espera un referendum vacío que legitime la tropelía.
La complicada física de la circulación de las masas de agua (seguro que nadie sabe que el agua del mar Mediterráneo sale a bocanadas por el Estrecho de Gibraltar y se hunde -al ser más salada que la del Atlántico-, formando "burbujas" que alcanzan su profundidad de equilibrio a los 1000 m, muchas millas afuera de la costa sahariana) hace que las costas desérticas del lado oeste de los continentes estén bañadas por aguas que ocultan tesoros minerales y pesqueros.
Los portugueses fueron los que verdaderamente descubrieron la costa sahariana allá por el siglo XV en su propósito de alcanzar Guinea para conseguir nuevas tierras, oro y esclavos (desde el punto de vista de la codicia, los hombres no hemos mejorado mucho, aunque hayamos sido capaces de abolir “oficialmente” la esclavitud), pero quienes lograron construir la factoría para explotar la riqueza pesquera del banco sahariano en la península de Río de Oro, en lo que hoy se llama Dakhla, fueron los españoles. En los años sesenta se descubrió además el gran yacimiento de fosfatos de Bu Cra, de modo que desde hace demasiado tiempo sólo importa hacerse con la soberanía de este territorio.
La tensión es máxima en la maniobra de virada del arte, que se resiste a subir a bordo por el peso. Son las cuatro y media de la tarde y el día es magnífico. ¡Lástima que tengamos que encerrarnos ahora en el parque de pesca para muestrear la captura!.
Soy experta en cefalópodos y mis investigaciones versan ahora sobre cómo saber la edad de los pulpos o de los calamares. Así es que medimos todos los pulpos que entran en el copo (en este lance hay muchos, casi 200 kg) y conservamos su pico para ver si las estrías que se ven a simple vista podrían ser líneas de crecimiento, un poco como los anillos de los árboles. Tengo que pensar en cómo voy a preparar estos picos y qué sección será mejor para ver y contar las estrías.
Junto a mí, Rafa mide los cerca de 170 pulpos que bracean viscosamente en las cajas del parque de pesca, y yo anoto todas las medidas que va salmodiando. El estadillo está de pena, bastante manchado de tinta y con escamas de chopa y corvina pegadas. Cambiamos. Ahora me toca medir a mi mientras Rafa se encarga de apuntar lo que yo dicto. Esta noche tendremos que meter un montón de datos en el ordenador portátil…Y luego descansar un poco antes del lance de las 2 de la madrugada, en el que de nuevo volveremos a empezar a tomar más datos, que también habrá que meter luego en el ordenador…
Mirando la costa sahariana que se vuelve oscura en el atardecer pienso en los miles de seres humanos que alberga el corazón de esa África traidora, que ofrece las riquezas de sus recursos a quienes menos lo necesitamos.
Hace unos meses vino al laboratorio una investigadora de Mauritania que estaba embarazada. Me confesó que sabía que tenía que tomar frutas y verduras pero que en Mauritania sólo podían comprar lechugas importadas los extranjeros, o “expats” (expatriados, esa categoría de trabajadores que emigran de una vida normal en el “primer mundo” a una vida a todo lujo en otro país de cualquier mundo menos afortunado). Decidí invitarla a comer todos los días a mi casa y ofrecerle ensaladas y frutas a voluntad. Me hizo comprender que le gustaría que le hicieran un reconocimiento médico, y sospeché que en Mauritania ni siquiera le habrían hecho una ecografía. Pensé en el destino que aguardaba a aquel bebé ignoto, entonces nadando plácidamente en el amnios del vientre de Aziza. Y se me antojó que no sería el peor destino para un mauritano, dado que su padre y su madre eran ambos universitarios y con un trabajo como investigadores. Cariño tendría, comida también.
Ocupada en estos pensamientos ni me he dado cuenta de que acaban de volcar el copo en el parque de pesca y estamos triando la captura. Acabo de soltar una breca y en la mano tengo ahora un pulpo que pega sus rejos en mi traje de agua. Me cuesta zafarme del abrazo de sus ventosas y cuando lo consigo descubro entre el montón de pesca una bota de agua. Es una bota barata, verde, con los talones desgastados y made in China.
Es algo habitual aquí, de tan transitada esta zona por barcos de pesca, encontramos objetos cotidianos que han terminado en el fondo del mar casi todos los días, y las botas o las latas de cerveza son más que numerosas. Pero de la bota se acaba de caer, al lanzarla al montón de lo que la ciencia pesquera no investiga, un pequeño paquetito de plástico bien amarrado con cinta aislante negra.
La curiosidad me puede y llamo a Rafa. Con su cuchillo lo abrimos y vemos un papel mojado del que se despega la foto de una familia negra. Son muchísimos y todos sonrientes. La foto se nos deshace entre los dedos. La escritura es indescifrable, no se si es bambara o fula. Sólo acierto a leer algunas letras que no han desteñido demasiado: ES Ñ, SA GAT E, GB.
Hay también un bulto pequeño que contiene una especie de borla de cuero y paja. Rafa me está mirando porque los dos sospechamos que la bota calzó los pies de la desgracia de un pobre subsahariano que intentó cubrir clandestinamente la ruta de las letras desteñidas: ESPAÑA, SANGATTE (desde donde parten los ferrys de Francia al Reino Unido), REINO UNIDO.
Y yo caigo en la cuenta de que no hemos traído ningún estadillo para anotar la desgracia, carecemos de instrumentos para medir la tragedia y no podemos tomar muestras del dolor de nadie.


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este tipo de expediciones tambien se hacen en Mozambique, talvez aparezcas un dia por aqui. un saludo Marita
No sé si apareceré algún día por Mauritania...en todo caso no creo que como bióloga pesquera pues me he reconvertido en traductora free-lance! suerte por el otro hemisferio.
la verdad hasta ahora soy una estudiante que sueña con ser una de las mejores biologas marinas; me encuentro en cuarto semestre de esta carrera y aunque no he recorrido tanto como tu , creo que algun día vivire todo lo que describes.
hermosas palabras , espero que sigas publicando.