
Por Gabriel
Amanece una mañana luminosa en Managua. Una fresca brisa recorre la ciudad e invita a caminar ligero y animoso. Aunque el 11 de septiembre de 2001 comprendí que los cielos azules no anuncian siempre buenas noticias, a menudo lo olvido y, en esos días, me entrego al placer de caminar despreocupado. Como si todos los males del mundo hubieran sido alejados por esa fresca brisa y derretidos por aquel templado sol. Sonrío. Pienso que de nuevo todo está en su sitio. Camino. Hago planes. Creo sentir que la claridad del día ilumina mi mente. Perdono a enemigos y añoro a los amigos.
Absorto en mis pensamientos, no me percato de que alguien se ha parado delante de mí. De pronto, escucho una voz que me implora: señor, señor, en nombre de Jesús. Mi hija se ahoga, se muere, tuvo un ataque de asma y está en el hospital. Necesita urgente esta medicina. Dice mientras me extiende un papel blanco y arrugado en el que se ha escrito a mano “Ventolin”. Miro hacia abajo. Una menuda mujer con un bolso apretado al cuerpo me está mirando con intensidad mientras me habla.
El cielo sigue muy azul, el sol brilla muy arriba. El mundo debería seguir en su sitio. Asi que le pregunto cuánto necesita. Trescientos pesos señor. Hago rápido el cálculo, quince dólares. No puede ser, pienso. Tanto no tengo, miento. Tenga cincuenta.
La mujer toma mecánicamente el dinero, murmura algo parecido a gracias y se aprieta mas el bolso junto al cuerpo mientras comienza a alejarse de mí. Yo también continúo mi camino, pero mi mente se ha ensombrecido. Me asalta la eterna duda del donante callejero. Le dí poco? Le dí mucho? No lo tengo claro, pero pienso que le dí mucho. No la creo. No me gustó su mirada. Sin pensarlo, vuelvo sobre mis pasos y me dispongo a seguirla. Necesito ver en qué se emplea mi dinero. Investigar.
No se ha alejado demasiado, asi que la sigo durante un tiempo con la vista hasta que comienzo a caminar tras ella a una distancia prudencial. Parece que tiene claro dónde va. No titubea. No mira hacia atrás. De pronto, gira y comienza a subir las escaleras de un edificio. No alcanzo a verlo bien, pero imagino que es un supermercado al ser una especie de cubo blanco. Me aproximo mientras pienso que quizá me pidió dinero para comida, en lugar de para medicinas. Al instante, comprendo, mientras leo en grandes letras azules: Aladdin. Casino.
La indignación se cristaliza en rabia y se me nubla la mente. El corazón se me acelera, mis músculos se contraen. Aprieto los dientes. Pienso en entrar y gritarle, zarandearla, insultarla. Decido esperar a que salga. Al fin y al cabo, poco mas de dos dólares no pueden dar para mucho y es mejor esperar a que consume por completo su afrenta contra mi buena voluntad. Pero se va a enterar, de una u otra manera se va a enterar. Le voy a dar una buena lección.
Mientras espero en la puerta, junto al vigilante, leo en un subtítulo: “Aladdin, donde tus sueños se hacen realidad”. La decoración externa es poco elaborada, pero parece querer reflejar la opulencia que nos espera dentro. Cada dos ladrillos hay un símbolo de dólar y debe de haber mas de 5.000 ladrillos en cada uno de los lados del cubo.
Trato de relajarme y de pensar lo que le diré cuando salga. Mientras tanto, entran y salen mas señoras de aspecto vulgar. También entra un hombre con cazadora de cuero y bigote. No me relajo y solo se me ocurren insultos para lanzárselos como puñales cuando salga.
Efectivamente, los 50 pesos no dan para mucho y el objetivo de mi ira vuelve a aparecer por la puerta y comienza a bajar las escaleras con aire de indiferencia. Cuando llega a pie de calle me acerco a ella. ¿Aquí es donde compra las medicinas para su hija”?. Ahora es ella la que no había advertido mi presencia y me mira sorprendida. No me reconoce. ¿Que dice, señor?. Se lo repito tratando de dejar bien clara mi indignación y mirándola directamente a los ojos.
Es entonces cuando veo unos ojos extraños, que proyectan una mirada vacía, maligna, sin fe en nada ni nadie. Sorprendida pero en absoluto asustada, me dice mecánicamente que ya compró la medicina y que aquí vino a hacer un “mandado”. Miente, le digo apuntándola amenazante con el índice, y por su culpa mucha gente se quedará sin ayuda. Pero ya no me atrevo a mirar esos ojos extraños ni a pedirle los 50 pesos. Siento miedo. Un escalofrío me recorre el cuerpo mientras comienzo a alejarme murmurando un váyase al infierno, hija de puta.
La mujer se aleja de mi y del casino a la misma velocidad que se aproximó, apretando el bolso contra el cuerpo y sin mirar para atrás. Sin correr. Yo me quedo de pie, inmóvil, asustado y confundido, tratando de adivinar dónde irá. Entonces pienso que la vida es un gran casino en el que todos tratamos de hacer trampas para que nuestros sueños se hagan realidad. Pero la banca siempre gana.
Los casinos, que se multiplican de manera indiscriminada e imparable por las ciudades de Centroamérica, se convierten en templos paganos que concentran todas las contradicciones y miserias del mundo que vivimos. Por un lado, son la mejor manera de blanquear el dinero que los ricos amasaron en actividades ilícitas. Por otro, es la única alternativa que los pobres perciben para alcanzar un mundo mejor. El poco dinero que tienen, piden o roban, no es para comer ni para comprar medicinas. Es para tratar de comprar, a bajo precio, un billete al mundo de lujo y bienestar de las telenovelas que ven, mediante un golpe de suerte que les cambie definitivamente el destino. Alcanzar sus sueños depende de las fichas de plástico que fabrican y venden los mismos que les condenaron a ese destino negándoles una oportunidad para poder prosperar mediante el trabajo. Probablemente este fenómeno no sea muy diferente al de los Bingos en España.
Mientras, en los infinitos casinos que florecen como oasis de lujo cutre en cada esquina de las ciudades mas miserables de la región, las máquinas, impertérritas, no paran de tragar fichas en forma de sueños y esperanzas depositadas por manos toscas, temblorosas y poco adornadas.
Falsas promesas, falsas historias, falsas ilusiones, dinero falso, mundo falso.
Managua, marzo 2009


Meneame
del.icio.us
Que heavy hermano. Realmente estas cosas te sacan de quicio. Esto de la limosna es parte de nuestra herencia judía/cristiana y que apela a la culpa por la pobreza y la miseria. Culpa y no responsabilidad. Hacerse responsable de la precariedad, del abandono, de las condiciones de desigualdad que muchas veces, con nuestra cómplice indolencia, permitimos que se extienda brutalmente.
No se, podríamos seguir discutiendo el tema, da para mucho. Pero un ladrón, un estafador, una timadora/adicta como ésta, no hace que desaparezca la miseria de nuestras ciudades.
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Y si anda de humor, mi hermano artista estrenó blog esta semana. Una especie de comic, arte y relaciones humanas. http://queramosloono.blogspot.com/
Un abrazo.
Gonzalo
Gracias Gonzalo!!!
Mi conclusión es que los casinos solo sirven para blaquear el dinero de los ricos y ensuciar el alma de los pobres jugandose lo poco que tienen para conseguir un futuro mejor.
G