Por Gabriel
Hace casi dos áños que me interesé por las manifestaciones de júbilo de los deportistas de élite. Entonces, escribí en este blog Campeones, una visión muy personal y particular del espectáculo que rodea las victorias de los números uno en las disciplinas deportivas. Una reflexión sobre la capacidad de capitalizar en términos de felicidad personal esa catarsis colectiva que se produce en esos momentos. ¿Son mas felices Rafa Nadal o Michael Phelps, cuando obtienen sus victorias absolutas, que yo cuando obtengo las mías, mediocres y relativas? ¿Es mas intensa la felicidad de los jugadores de la selección española de fútbol, campeones de Europa, que la de los millones de aficionados que vibraron con su triunfo?. Si un campeón no puede beberse todas las botellas de champán que se abren en su nombre, ni hacerle el amor a todas las mujeres que lo desean en ese momento, ¿qué gracia tiene ser el número uno, sacrificando toda una vida para ello?.
Pues bien, ahí quedaron esas preguntas, y hoy, dos años después, me llama la atención el artículo publicado en El Mundo y titulado: "La victoria nos convierte en monos". En él, se expone que la celebración de la victoria del equipo estadounidense de relevos 4x100 libre ante Francia en los JJOO de Pekín da la razón a un estudio publicado por las universidades de San Francisco y Columbia al afirmar que, cuando Jason Lezak tocó la pared 0.08 centésimas por delante de Alain Bernard, el conjunto norteamericano se asemejó más a un grupo de primates que a un cuarteto de licenciados universitarios.
Al parecer, el citado estudio consistió en analizar las reacciones ante la victoria y la derrota de un grupo de deportistas, invidentes de nacimiento, de distintos paises, razas y culturas. Los resultados del estudio demuestran que las reacciones de todos ellos son muy similares y prácticamente idénticas a las de los olímpicos: gritos, brazos en alto, musculatura en tensión... El estudio concluye que, debido a su minusvalía, ninguno de los deportitas estudiados había podido adquirir esa costumbre por imitación, así que su reacción fue instintiva, innata, no adquirida.
El artículo expone finalmente, que la psicóloga Jessica L. Tracy explica que este comprtamiento gestual se debe al instinto de los animales por realizar demostraciones de superioridad, que en el caso de los humanos se asemejan mucho a las expresadas por chimpancés o gorilas. De igual forma, la derrota también tiene una gestualidad que se expresa de forma innata (bajar la cabeza o los hombros), y que debe ser interpretada como un acto de sumisión, aunque muchas culturas traten de ocultar estas manifestaciones instintivas por no dar "ventaja" al enemigo.
Puede que todos, en gran medida, seamos máquinas programadas, pero hay que reconocer que los deportistas de élite son máquinas perfectas. Máquinas que desafían a la propia naturaleza para, quizá, algún día, proclamar su superioridad ante ella. ¿Cómo celebrarán entonces esa victoria?


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