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Exiliados de la escuela y refugiados en un sistema ajeno: la educación de personas adultas

noname.jpgPor Fernando Fajardo extraido del boletin Encuentros de la OIT

Cuando a lo largo y ancho de la región centroamericana se repara en la nutrida presencia de niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 15 años en los círculos de estudio regidos por el sistema de educación de adultos, la pregunta que inmediatamente nos asalta es: ¿qué hacen aquí estos muchachos y muchachas en vez de asistir a las clases regulares de la escuela?

Situémonos en aquellos países donde la Dirección de Adultos correspondiente oferta una alternativa “rápida” para cursar la primaria. En los modelos actualmente vigentes en Nicaragua, Honduras o El Salvador -entre otros que pueden citarse- basta con tres años para alcanzar hasta el sexto grado de primaria.

Y hay en esta situación tantos y tantos niños, niñas y adolescentes poblando un espacio para el conocimiento que no les pertenece... Entendámonos: la educación nunca sobra ni es patrimonial; sin embargo, si se trata de clases concebidas para la población adulta, con contenidos y temáticas adaptadas y pertinentes a sus necesidades de aprendizaje y, consiguientemente, con materiales realizados ad hoc, ¿cómo van a aprender lo que les corresponde a su estadio adolescente? Si carecen de espacios lúdicos e instalaciones deportivas para su recreo, ¿cómo van a desarrollar sus potencialidades físicas y temperamentales? Si no socializan con grupos de chicos y chicas de su edad, ¿cómo van a compartir el aprendizaje, las tareas o los problemas propios de su edad?

No obstante, no queramos ir en contra del intenso y loable deseo de estos niños, niñas y adolescentes por formarse y acreditarse desde los círculos de estudio de la educación de adultos. Subrayemos que este tipo de educación no deja de desempeñar un papel auxiliar, de remedio o sustitutorio.

Pero, entonces ¿cómo arribaron esas y esos estudiantes a la educación de adultos? ¿Qué hacen aquí?

 Son aquellos náufragos del sistema escolar que han ido engrosando el historial de la larga nómina de los fracasados; repetidores y desertores. Algunos, incluso, ni siquiera saludaron nunca a una maestra o a un maestro porque debieron procurar el sustento de su familia. Es cierto que la situación socioeconómica obligó a muchos a abandonar la escuela ante el primer contratiempo; y es más cierto que, mientras no se solucione el grave problema de repetición en el primer grado de la primaria, se seguirán arrojando anualmente afuera del sistema escolar a miles de estudiantes.

Aunque resulte paradójico, educación y trabajo infantil conforman una inversa relación proporcional. Se ha considerado tradicionalmente que una de las razones del fracaso escolar era el absentismo escolar provocado por el trabajo infantil. Si bien éste es un argumento innegable, el contrario, pese a su gravedad – y rara vez se arguye-, como es que el alto índice de fracaso escolar en los primeros grados origina a la larga el abandono escolar; éste, a su vez, empuja a los niños, niñas y adolescentes no sólo hacia el trabajo infantil, sino hacia otros campos más complicados tales como las delincuencia o las drogodependencias. Si se mejorara la calidad de la educación en los primeros grados de primaria y en preescolar, muchos menos niños, niñas y adolescentes no recalarían como víctimas en las redes del trabajo infantil. Ciertamente, la retención escolar contrapesa la fuerza de las costumbres y de las necesidades perentorias que abocan a que niños y niñas trabajen.

Lo dramático, pues, es que el ámbito natural, la escuela, al que pertenecen por ley todos estos muchachos y muchachas, ya no les reconoce como propios. Y si alguno de estos que sobrepasan en varios años a los que serían sus compañeros de cohorte quisiera volver a la escuela, el retorno se viviría de forma traumática, en tanto en cuanto ya se sienten, por mayores y/o por torpes, ajenos a la escuela. Es el fenómeno de la sobreedad, la inflación social incontrolada de escolares abortados por la falta de alternativas al sistema educativo.

Y hete aquí que nos encontramos con demasiada inflación en Centroamérica, con una ingente masa de niños, niñas y adolescentes en tierra de nadie. Exiliados de la escuela y refugiados en un sistema ajeno: la educación de adultos. Son muchos e hijos de la pobreza, tanto la económica como la de las ideas. Quizás no se haya calibrado la particularidad del fenómeno, no se haya entendido que nos enfrentamos a un problema para el que no sirven las soluciones en boga del mercado institucional. Efectivamente, la escuela no plantea soluciones de acogida a sus desheredados, con programas y planes especiales.

Desde ese punto de vista, la experiencia vivida en algunos países de crear una educación especial alternativa al sistema oficial y académico pueda tener lugar. Sería conveniente echar una mirada a algunas facilidades ofrecidas por la educación de adultos que han imantado a niñas, niños y adolescentes, tales como la flexibilidad para recibir clases en los horarios o en los días de la semana, en el abanico de modalidades a distancia, en el uso de materiales didácticos modulares (más manejables y más baratos), en el empleo de los espacios extraescolares para dar clase, en las facilidades para estudiar por libre presentándose a pruebas finales públicas y otras tantas medidas. Asimismo, los Programas de Garantía Social (también conocidos como Programas de Formación Ocupacional) pueden ser perfectamente compatibles con esta modalidad para niños, niñas y adolescentes. Estos programas encaminan por vocación a oficios y habilidades en un primer nivel. En algunos países la Garantía Social ha demostrado ser una alternativa para adolescentes desfasados debido a la edad escolar.

Asimismo, se ha insistido de forma maniquea en que la dicotomía entre el trabajo infantil y la escuela es irresoluble, en que no es posible la combinación de escuela y trabajo infantil. Modalidades de este porte aportarían una posibilidad de estudio a niños y niñas trabajadoras y la sensibilización para concienciar a su abandono.

Se trataría, en suma, de reivindicar una tierra propia para estos niños, niñas y adolescentes, los ágrafos, los huérfanos del amparo institucional, de devolver la esperanza por la educación y de brindar expectativas de desarrollo personal a toda una generación perdida en tierra de nadie.

Fernando Fajardo
Coordinador Técnico del Programa para la Mejora de la Calidad Educativa (MECE)

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