Por Gabriel Fernandez
Zung Su se encuentra en su puesto de trabajo. Acaba de cumplir 13 años y hace dos que trabaja en la fábrica de juguetes que abrieron en su pueblo natal. De lunes a sábado trabaja, come y duerme en la misma fábrica. Su trabajo consiste en ensamblar piernas, brazos y cabeza en los cuerpos de muñeca que le llegan continuamente en una cinta transportadora. No sabe el nombre de las muñecas que monta, pero tampoco le importa.
Los sábados por la tarde, después del rutinario registro por parte de los vigilantes de la fábrica, se dirige a la casa de su abuela, donde no se cansa de escuchar sus historias de juventud campesina que le cuenta mientras almuerzan o cenan mirando las altas montañas del horizonte.
Cuando su abuela se duerme, Zung Su sigue mirando las montañas e imagina que, detrás de ellas, existen príncipes que convierten a las muñecas en princesas. Ha oído que sus vestidos son increíbles y que viven en palacios de ensueño. Son muy pocas las que se convierten en princesas, pero es necesario traspasar las montañas para que pueda producirse el milagro. Los príncipes siempre están más allá del horizonte y existen unos dragones que devoran a las muñecas antes de que pasen al otro lado.
La fábrica está llena de niñas de su edad pero apenas tienen tiempo para hablar, por lo que nunca se ha atrevido a contarles su idea sobre las princesas. En realidad, tampoco quiere hacerlo, ya que confía en convertirse algún día en muñeca y luego en princesa. Cuantas más muñecas salen de la fábrica, más posibilidades habrá de que alguna se convierta en princesa antes de ser devorada por los dragones. Por eso, ella trabaja duro y antes de dejar a la muñeca ya con extremidades y cabeza en la cinta transportadora, murmura un nombre. Un nombre para cada muñeca. Un nombre para cada posible princesa. Procura no repetir ningún nombre pero no puede saber si lo hace. Al final del día sólo puede recordar los últimos nombres.
Jennifer tiene cuatro años y la habitación llena de juguetes. Entre ellos, cuatro muñecas Jaget. Todas tienen el mismo nombre aunque diferente tamaño y vestido. La mayor parte del tiempo Jennifer ve la televisión y no repara en las muñecas, pero llora desconsoladamente cuando alguna amiga entra en su cuarto y se hace con una de ellas. Un día, forcejeando, una de las Jagets perdió un brazo. Jennifer lloró mucho y su madre la tiró a la basura para que su hija no sufriera. No le costó mucho encontrar otra igual para sustituirla por la anterior.
Laila tiene seis años. Hace seis meses que llegó a la costa, junto a su madre, en una balsa en la que apenas cabían. Desde entonces, no han encontrado un lugar seguro donde dormir y comer, pues las casas de los parientes resultaron estar completas y los albergues exigen la regularización de su situación para acogerlas durante más de una semana.
Un día, acompañando a su madre a encontrar comida entre la basura, Laila encontró una muñeca muy bonita pero sin un brazo. La cogió, la limpió y la abrazó. Desde entonces, cada vez que Laila acompaña a su madre, rebusca entre la basura para encontrar vestidos que poner a su muñeca y materiales con los que hacerle camitas y casitas.
Laila no sabe leer, pero un día preguntó a su madre cuál era el nombre de la niña de la foto que venía en un periódico que encontraron.
Zung Su dijo la madre. Parece que esta niña se llama Zung Su. Laila pensó que era un bonito nombre para su muñeca y la abrazó fuerte mientras decía: Zusu es mi princesa y yo la protegeré hasta que encontremos su bracito.
Esa noche, a la luz de una farola, la madre de Laila leyó la historia de Zung Su en la hoja del periódico encontrado.
GF
Diciembre 2007


Meneame
del.icio.us
Qué bueno verlo publicado! Felicidades! Espero que el año haya empezado genial para ti y los tuyos. Un abrazo