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Luis Landero publica "Hoy, Jupiter"

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 "La primera obligación ética del escritor es ser pesimista, y la segunda, derrotar al pesimismo y seguir luchando". Luis Landero

Por fin!!! Tras cinco años de silencio tras su íltima novela, Luis Landero (1948) vuelve a ofrecernos lo mejor de su prosa con Hoy, Júpiter, en la colección Andanzas, de Tusquets

Según declara el autor en una entrevista para EL CULTURALno ha estado dedicado de manera exclusiva los cinco años a la escritura del libro: “En realidad han sido sólo dos años y medio intensos, los demás he estado asediando el tema. Ocurre que lo que da sentido a mi vida es escribir, que tengo la novela como el náufrago su refugio en la isla. Además, me he acomodado a esos cuatro o cinco años que se me suponen; nadie me mete prisa ni yo la tengo.” 

Según relata en la misma entrevista, el título de la novela, Hoy, Júpiter, procede de una anécdota real: hace años, Landero visitó Santiago de Chile con Miquel de Palol y encontraron a un viejo mendigo con un descacharrado telecopio y un cartel que decía: “Hoy, Júpiter”. “Estaba bien enfocado –explica Landero–, y el viejo sabía lo que hacía, pero el aparato no daba para más, así que siempre se veía un resplandor. Lo demás lo tenías que poner tú. Como en la vida, y en la literatura”.

La novela narra las historias paralelas de dos hombres, Dámaso y Tomás, que reflejan sus obsesiones vitales y literarias, su infancia rural y su adolescencia urbana, su padre, y qué ocurre cuando una vocación no está acompañada por el talento, tema recurrente en sus libros y que ya traté en mi escrito Lucidez.

Tras Caballeros de Fortuna y  Juegos de la edad tardía con los que disfruté enormemente, estoy convencido que este nuevo libro no nos defraudará. Yo estoy deseando encontrarlo por aqui para poder comprobarlo. Os dejo con el inicio del libro como aperitivo

 Hoy, Júpiter

Cuando recuerda su pasado, la memoria siempre se detiene en la tarde en que estaba sentado a la sombra del eucalipto tutelar y oyó unos pasos grandes y apresurados que venían hacia él. No había tenido apenas tiempo de empezar a jugar. Aquellas piedrecitas eran todas jinetes, pero aún no había decidido si se trataba de árabes o de cowboys, si llevaban arcos o revólveres, si estas cortezas formaban un fuerte o un castillo. O quizá eran bárbaros surgidos del Oriente y toda esta extensión significaba una estepa, y sería invierno. Oía, e imitaba con la voz, la crecida multitudinaria, el retumbar de los cascos, el fragor del avance, las cornetas, los gritos, los disparos, los relinchos, el zumbar de las flechas, y veía el tremolar de las banderas entre el polvo, las pellicas al aire, las insignias, las cabelleras, los plumajes. Todo encorajinado por la velocidad y el viento. O quizá eran los bandidos que mandaba el capitán Fosco, y en ese caso él, Dámaso Méndez, sería el defensor del fuerte. Y en esas fantasías estaba cuando oyó acercarse los pasos largos y resueltos, cada vez más poderosos, hasta que se detuvieron junto a él. Ahora se percibía bajo las suelas de las botas el leve crepitar de la arena y de las hojas y semillas resecas tras el largo verano.
–¿Qué haces otra vez tirado ahí en el suelo?
Dámaso salió del ensueño, pero por un instante una fina película de irrealidad se interpuso entre sus ojos y las cosas.
–Nada, estaba jugando.
–¿A qué?
–No sé, es una batalla.
–¿Te gustaría ser militar?
Como no sabía qué decir, levantó la cabeza y lo miró fugazmente para que no fuese a interpretar mal su silencio.
–Podías llegar a general. El general Dámaso Méndez. Cuando entraras en el cuartel, tocarían en tu honor la Marcha de infantes. ¿Te gustaría?
Miró otra vez desde el suelo sin saber qué decir.
–Bien, en cualquier caso no es bueno estar ocioso. ¿Es que todavía no sabes que la vida es breve y hay que caminar aprisa? ¿Lo sabes?
–Sí.
–Entonces ven conmigo y te pondré tarea. ¡Andando!
Siempre era así en aquellos tiempos. Él tenía once o doce años y el padre se había convertido en pedagogo y a todas horas se inventaba tareas para que el hijo se hiciera cuanto antes un hombre de provecho.
Se levantó, se sacudió los pantalones, las rodillas, se ajustó las sandalias de goma y corrió tras su padre. Uno tras otro, atravesaron la era bajo el sol aún cálido de septiembre. El trajín de la trilla había dejado la tierra desmenuzada y mezclada con el polvo del grano, sin una brizna de hierba, y por todos lados había restos de paja que el sol llenaba de destellos. A veces el vien-to se encolerizaba y armaba allí un remolino como el de los genios al salir de las lámparas mágicas. Las pajitas entonces se juntaban y se elevaban formando un surtidor muy alto, cada vez más alto y más furioso, girando tan deprisa que daba vértigo mirarlo, hasta que de pronto explotaba y el cielo se llenaba de chispitas de oro. Dámaso pensaba entonces en cómo el vien-to, que es invisible, a veces por un momento toma forma y se le puede ver, y él lo había visto, “he visto al viento”, se decía por la noche en la cama, y había reconocido su cara ceñuda de monstruo, la mueca horrible con que había mostrado al mundo la inmensidad de su poder. Desde que hizo ese hallazgo, le gustaba observar el trajín y las huellas del viento, al inflarse una cortina, al agitarse una llama, al pasar una nube que a cada instante era la misma y era otra. Y sí, la vida resultaba misteriosa y bonita, pero ahora estaban a finales de septiembre y él tenía que apresurarse tras su padre como si hubiese llegado ya el invierno y fuese con retardo camino de la escuela.
Bajaron hacia la huerta entre los almendros, el padre abriendo la marcha, Dámaso trotando detrás, dando de vez en cuando una carrerita para no quedarse rezagado. Porque allí en las frondas de los árboles, y miró la morera, los chopos, el laurel, un alma sensible o temerosa podía ya presentir el temblor del invierno. Y un día el campo amanecería cubierto de escarcha, en cada hierba una gotita viva de cristal, y para entonces ellos estarían viviendo en la casa del pueblo, y habría empezado ya la escuela, y todo el discurrir del verano, que tan interminable parecía al principio, cuando aún estaba por vivir, se iría quedando atrás, más y más lejos, hasta que pareciera sólo un sueño. Un sueño. Y entonces, como anticipándose a ese momento, miró de verdad hacia atrás.
Vio la casa, una casa más bien modesta de labor, hecha de cal y de pizarra, pintada de blanco, el parral enmarcando la puerta, el poyo fresco de granito, y el ciruelo bravo que daba unos frutos venenosos, prohibidos de comer bajo pena de muerte, y del que sólo podía aprovecharse la sombra. O eso al menos le habían dicho sus padres. Allí, en aquella casa, vivían en el verano y en días sueltos del año. Y recuerda que una noche de junio, no lo olvidaría nunca, vio de lejos la casa, inscrita en una gran luna blanca que empezaba a ascender. La luz desmaterializaba las cosas, que parecían a punto de ponerse a flotar, y todo lo que el mundo tenía de incomprensible y de cruel quedó allanado en un instante por la belleza de aquella aparición.
La casa del pueblo, sin embargo, era grande, con dos plantas para vivir y otras dos para desvanes, además del corral y la cuadra, y arriba del todo un mirador desde el que se veía el pueblo entero, blanco y ocre, salpicado de naranjos y palmeras, [...]

Un Comentario »


  1. Danae 13-11-2007 - 06:59:49 GMT 1

    Por unos minutos eramos dos en esa isla.

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