
Por Gabriel Fernandez
Miguelito sonríe desde detrás de los bongos mientras la banda anima el local con salsa, boleros y pasodobles.
Miguelito es de origen cubano, de edad indefinida, de amplia sonrisa y ojos tristes. Su nuevo jefe lo observa desde la barra y dice aha! cada vez que finaliza una canción.
Miguelito ya solo toma zumos naturales y apenas sale por las noches. Hoy está comprobando los resultados de su terapia.
Miguelito se acerca a la barra y me cuenta que de tanto tocar de bar en bar, perdió la cabeza, el rumbo y su familia. Ahora trabaja como supervisor de una empresa de seguridad ocho horas al día, y dice que es lo mejor para él.
Desde el escenario lo reclaman pues ha sido uno de los más famosos percusionistas y cantantes de San Jose. Momentáneamente se le ilumina la mirada y sale a tocar y a cantar. Ahora parece 10 años mas joven que cuando hablaba conmigo.
Mientras él toca y sonríe, su jefe me cuenta que lo ha adoptado en su empresa de seguridad porque es un buen tipo que conoce hace tiempo, antes de que se perdiera en los placeres de la noche, las mujeres, las drogas…. la música.
Para comprobar que está totalmente rehabilitado nos vamos a visitar otros bares de la ciudad. Su jefe y yo pedimos cerveza y él sprite. Cuando alguien lo reconoce le saluda y lo abraza. El solo sonríe con sus ojos tristes y sigue las indicaciones de su jefe para moverse de un garito al otro.
Llegamos a un lugar donde un tipo con guitarra española está tocando no woman no cry de Bob Marley. Aunque el sonido es lamentable, suena increíble. La magia solo se rompe cuando al terminar la interpretación el guitarrista grita: buenísimó y lanza una prolongada carcajada. De pronto reconoce a Miguelito y se saludan juntando los puños.
Miguelito sale a tocar los timbales que están junto al raquitico escenario y ambos interpretan algo de Paco de Lucia con sabor caribeño. Increíble improvisación. Arte en estado puro. Buenísimó repite el tipo al finalizar y vuelve a soltar una interminable carcajada abrazando a Miguelito.
Miguelito me cuenta que el tipo era bueno, muy bueno con la guitarra, pero que ahora “fuma” y “toma” demasiado y que cuando va a ver a su familia no le dejan entrar en casa. Piensa que no ha tenido la suerte de poder salir de ese mundo y encontrar un trabajo como el suyo, en la empresa de seguridad. Dice que después de interpretar el tema de Paco de Lucia se le acercó y le dijo: Que Dios te bendiga! Solo eso.
Cuando nos despedimos Miguel me pidió un favor: que le trajera un cajón flamenco de España, mientras su jefe me repetía por enésima vez que en este país la gente no es mala, pero que la falta de dinero para comprar el poder ser alguien es muy mala, que tuviera cuidado.


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Miguelito es parte de ese realismo mágico propio de esta bella región del mundo. Hay miguelitos por montón, unos son reales, otros fantasmales y otros son los miguelitos que muchos quisiéramos ser.
Bienvenido, amigo Gabriel.