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EL TIBURÓN Y LA LADRONA

 

Por Julián Lovadina Fernández (10 años).  Mención de Honor en el Certamen Literario Letras del Sur en la categoría infantil. ¡Enhorabuena!

 Un día cualquiera en el fondo del mar, del Océano Pacífico, se oyó un grito que decía:
-¡Me han robado mi perla!

Era Petra, una de las ostras.

Vino entonces gente y gente hacia el lugar de donde procedía ese grito. Llamaron al mejor policía del fondo marino: el tiburón.

El tiburón dijo:

-Hummmm...es un caso difícil.

Por la noche, mientras todos dormían, el tiburón pensaba y pensaba. Por la mañana, cuando despertaron todos, empezó a interrogar a peces, anémonas, cangrejos, pulpos, etc.

Petra se lamentaba sin parar:

-¡Mi perla!, ¡oh mi perla!

El tiburón le preguntó cómo había sucedido: a qué hora, qué día, dónde guardaba su perla...Y la ostra le contestó contándole todos los detalles.

Los sospechosos eran José el pez y Juana la anémona, que estaban en ese mismo lugar (el fondo arenoso al borde del arrecife) ese mismo día (martes) y a la misma hora (las ocho de la tarde). Pero el pez y la anémona decían que no habían sido ellos.

Los días pasaban y el tiburón no lograba encontrar al ladrón.

Y de nuevo se volvieron a oír gritos que avisaban de que habían robado otra vez:

-¡Me han robado!- decía una ostra vieja,

-Y a mí también, ¡no tengo mi perla!- se lamentaba otra.

Esta vez habían desaparecido 10 perlas de varias ostras.

Entonces el tiburón empezó a sospechar de la ostra Juliana, que a cada robo tenía más perlas y no le quitaban ni una. La interrogó, pero ella contestó:

-Es que yo las guardo en un cofre para que no las robe nadie.

Pero el tiburón sabía que ¡Juliana no tenía ningún cofre!.

Se decidió a meter en la cárcel a la ostra Juliana, pero al ir a buscarla a su casa, la vio escapar y tuvo que perseguirla sin descanso hasta que logró atraparla y encerrarla dentro de una jaula de algas.

Al irse el tiburón, la ostra rompió la jaula comiéndose las algas y nunca la volvieron a ver. No había ni rastro de ella.

¿Se habría escondido en una cueva? ¿o entre los corales? ¿o quizá se habría enterrado en la arena?

El tiburón buscó y rebuscó en todos los sitios que se le ocurrían, pero no la encontraba. Preguntó a orcas, calamares, meros y gambas, pero todos le dijeron:

-Pues no, no la hemos visto.

Se hizo de noche y el tiburón volvió a pensar y pensar hasta quedarse dormido.

Al amanecer, decidió seguir buscando y dar otra vuelta a ver si por fin encontraba a la ladrona de perlas. Al pasar por delante de una cueva, la descubrió y por fin la cogió para encerrarla en una cárcel de coral. Obligaron a Juliana a devolver a sus compañeras ostras todas las perlas robadas.

Juliana estaba arrepentida y explicó por qué había robado las perlas:

-¡Es que yo no puedo producir perlas! Y me gustaría fabricar tantas como mis compañeras.

El tiburón dijo:

-         Bueno, a lo mejor consigo algo que te pueda ayudar.

El tiburón se fue a buscar a Cecilio, el pulpo más sabio de todo el océano, y le explicó el problema de Juliana, la ostra sin perlas.

Cecilio le dijo:

-         Me parece que tengo un remedio para convertirla en una ostra productora de perlas: el fabricador de perlas. Será mi nuevo invento, pero ya sabes que como soy viejo tengo que trabajar despacio y tardaré unos meses.

Cecilio se puso manos a la obra y probó varios inventos y ninguno funcionó. Era más difícil de lo que pensaba y terminó diciéndole al tiburón que no podía.

En ese momento, se cayó un libro de la estantería del pulpo y se abrió por la página  donde se explicaba cómo se producen las perlas.

El tiburón fue corriendo a la cárcel de coral y le dijo a Juliana que tenía la solución: sólo tenía que meterse dentro una piedra y esperar a que se formara una perla, pero la ostra le dijo que ella no quería esperar nada de tiempo. Quería las cosas siempre inmediatamente.

El tiburón llamó a las otras ostras para que convencieran a Juliana de que sólo podría fabricar perlas si era paciente.

Juliana acabó por aceptar y se metió una piedra de un color tan bonito que al cabo de unos años produjo una perla preciosa.

Desde entonces, Juliana fue la productora de las perlas más originales de todo el Océano Pacífico y llamó “La Paciencia” a su tienda de collares (de perlas, ¡claro!).

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