Por Mar Fernández (Feliz cumpleaños, hermana!)
Entre las llamas hay calor, humo, jaleo y gritos. La ladera oeste del monte Albarizo está herida de fuego y el viento no hace sino agrandar las lenguas rojizas que devoran jaguarzos, carrascas y lavandas. No muy lejos está la vera del alcornocal, y nos empeñamos todos en salvar ese bosque de alcornoques que nos ha visto jugar con cuatro y con doce años, con sol y con niebla, con viento o con lluvia.
Ha llegado un nuevo retén de bomberos y los voluntarios que llevamos cinco horas apagando el fuego estamos agotados. El incendio progresa y no somos capaces de vencerlo. No los vemos, pero rugen allá arriba las hélices de los Canadair y de los helicópteros que arrojan agua a la desesperada. Todo el pueblo está luchando, sufriendo, gimiendo, dando órdenes y lamentándose.
Nadie se ha dado cuenta de que falta Rita. Ni siquiera yo. Nadie la echa en falta porque ella también es del pueblo, y nadie pregunta por nadie porque todos creemos que estamos.
* * *
Han pasado veintitrés años desde aquel incendio en Madrigo, que terminó arrasando el último gran alcornocal de costa que quedaba ya en Europa. Ahora la ladera oeste del monte Albarizo está cubierta de variopintos adosados que se asoman al mar desde este incomparable balcón al Mediterráneo. Ya no se escucha el zumbido de ningún insecto sino el ronroneo de los todoterrenos de lujo que escalan sin dificultad las calles empinadas. Tampoco se aventura ya ninguna rapaz sobre la jauría de techos que ha desplazado a las copas de los alcornoques.
En Albariterráneo, las hormigas han sido sustituidas por otro tipo de seres, tan laboriosos y tan disciplinados como ellas, que recorren día a día sin descanso los rincones de la urbanización para colgar carteles multilingües donde pone “se vende” o “se alquila”. Son seres que forman parte de una jerarquía bien organizada, donde una corte de zánganos rodea a la reina. Y la reina ahora es Rita.
Rita está al frente de la promotora inmobiliaria más pujante de la zona y ha conseguido incluso aparecer en varias portadas de revistas económicas y de cotilleo. Siempre al volante de deportivos de colores chillones y con miles de satélites girando a su alrededor, todos al son de las melodías de sus móviles de última generación. Siempre impecable, maquillada, vestida y perfumada a la última moda. Rita siempre sonríe mientras ofrece una mano firme y de uñas cuidadas para cerrar tratos multimillonarios.
Nadie habría podido imaginar nunca para Rita, una chica del montón, un destino tan codiciado. Nunca sobresalió por nada en particular, ni bueno ni malo. Como yo, terminó el bachillerato en Zarillas (porque en Madrigo no había instituto), pero nuestros caminos se separaron antes de que ella regresara al pueblo con un diploma de contabilidad y un marido abogado.
Yo también fui un chico corriente, de esos que ahora llamo “tapicería” porque siempre están pero nadie parece verlos. Los tumbos de mi indecisión me arrojaron a la universidad, donde después de varios años de aprobados por los pelos salí contratado por una famosa multinacional.
El destino, con la ironía que le caracteriza, había aparcado en la mediocridad de la rutina a mis compañeros más brillantes, aupándonos en cambio a Rita y a mí a las primeras filas del éxito social.
* * *
Estoy citado con Rita a las diez y media. Como siempre, llego puntual y me asomo al ventanal vanguardista de su oficina para contemplar un monte Albarizo totalmente artificial.
La promotora Albariterra y la compañía de evaluación de impacto medioambiental para la que trabajo llevan más de cuatro años enfrentadas, librando episódicamente escaramuzas legales y verbales a cuenta de unas hectáreas rústicas.
Rita quiere comprar a toda costa el terreno que en tiempos perteneció a la familia de Paco, el cabrero de Madrigo. El Ayuntamiento ha pedido un informe de caracterización medioambiental de la finca para decidir si puede o no recalificarse. Quieren construir la enésima zona residencial en la costa. Mi empresa es la encargada de llevar a cabo este estudio y sin querer me he convertido en el defensor de los pocos entornos naturales que todavía subsisten aquí.
Hace ya varios años que vengo defendiendo en prensa y radio que el puñado de alcornoques de la finca de Paco merece ser declarado patrimonio histórico y natural de Madrigo. Es la única zona salvaje que quedó en el monte Albarizo después del incendio, y las copas de sus alcornoques emergen del cinturón de hormigón con una altivez que tiene mucho de quijotesca. A menudo me imagino convertido en fiel escudero de mis señores los alcornoques, luchando para defenderlos de la codicia inmobiliaria de promotores gigantescos.
Abro mi cartera para sacar el informe que los biólogos del equipo me entregaron ayer. Además del inventario exhaustivo de todas las excelencias botánicas y faunísticas de la finca, la pieza clave del trabajo es el descubrimiento de una población endémica de insectos xilófagos cuya saliva posee unas propiedades antitumorales mil veces superiores a las de los revolucionarios extractos de tejo... Después de más de cuatro años de muestreos, por fin hemos encontrado en el monte Albarizo lo que necesitábamos: un endemismo.
La opinión pública guarda la palabra “endemismo” en el mismo cajón que la palabra “biodiversidad”, aunque la mayoría de la gente sea incapaz de dar una definición para uno u otro vocablo. ¡Qué importa!, las hemos oído tanto que ambas se han convertido en las llaves que abren la protección a los espacios naturales que tienen la fortuna de contar con ellas en su descripción. Así es que hoy, en la antesala del despacho de Rita, por primera y única vez en cuatro años, estoy seguro de dejarla sin argumentos. Sus proyectos urbanísticos se van a encontrar con un escollo que se me antoja insalvable: el interés económico de los laboratorios farmacéuticos por explotar el filón de los insectos xilófagos.
Rita aparece espléndida enfundada en su traje gris de ejecutiva y me dedica su mejor sonrisa de carnívora. Media hora me basta para sacarla de sus casillas y oírla proferir una retahíla de amenazas y descalificaciones. Piensa hacerme la vida imposible, piensa seguir recurriendo a no sé qué artimañas para ganar tiempo. Piensa batallar duro. Se quiere vengar. Tiene todo pero quiere aún más. Rita encarna la avaricia en estado puro.
La reunión ha terminado. Ni siquiera nos despedimos. Me guardo el informe de los insectos xilófagos junto al ordenador portátil y regreso a casa. Sé que la mía es una victoria con fecha de caducidad.
Entro por el jardín trasero de mi adosado en Albariterráneo: está claro que soy un hombre de mi tiempo, capaz de vivir sin efectos secundarios la incoherencia de mis principios. En horario de trabajo milito en el bando conservacionista y de la protección del medio ambiente, pero en mi vida diaria alimento la apisonadora inmobiliaria con el dinero y los intereses de mi hipoteca a veinte años. Soy un depredador como Rita, solo que yo a tiempo parcial y ella con dedicación exclusiva.
Habitualmente no profundizo demasiado en mis sentimientos, pero hoy me siento como un traidor.
Carmen está sentada junto a la piscina, leyendo. Le pregunto si tiene idea de cuántos litros de saliva curativa se habrán perdido bajo los cimientos de nuestro adosado. Me mira atónita.
He dormido mal. ¿O es que no he dormido? He soñado con insectos xilófagos ardiendo entre alcornoques y matorrales que crecían donde hoy se asienta el gran salón de mi casa. He soñado con interminables filas de enfermos tristes y macilentos que podrían curarse con saliva de xilófagos. Un fogonazo de la memoria me ha recordado que no vi a Rita apagando el incendio hace veintitrés años.
* * *
Alguien acaba de dejarme, sobre la mesa del despacho, un informe que dice que la población de xilófagos de la finca de Paco es tan pequeña que la extracción del principio activo de su saliva es inviable, o mejor dicho, no es rentable en términos económicos. Ya es demasiado tarde. Porque xilófagos los hubo, y se contaban por miles: recuerdo las nubes de insectos saliendo de los troncos, cuando de niños íbamos al bosque a coger trozos de corcho para nuestros belenes. Pero hoy, la finca de Paco es todo lo que queda de aquel incendio que acabó con el bosque de Madrigo...y con la esperanza de los millones de enfermos de cáncer de todo el mundo.
El monte Albarizo está ahora salpicado de minúsculos jardines adosados en los que proliferan pérgolas, macizos y taludes con hibiscos, bignonias, buganvillas, glicinias y geranios. Han plantado plataneras, acacias y ficus, naranjos en las calles y jacarandas en las plazoletas. Un césped cuidadísimo alfombra las aceras y un batallón de jardineros diligentes arranca las malas hierbas y los brotes de carrascas y retamas, de lavandas y jaguarzos que surgen por doquier, insurrectos, al mínimo descuido. Quedan pocos insectos aparte de moscas y mosquitos.
Por las calles pululan ahora niños pulcros de pantalones cortos calzados con mocasines y niñas parlanchinas con lazos enormes en sus melenas. No han perseguido nunca a ninguna lagartija porque ya no queda ninguna, pero dominan la realidad virtual con el mando de su consola de juegos.
* * *
Han pasado otros tres años y la urbanización Albariterráneo sigue avanzando como la gangrena por la ladera oeste del monte Albarizo. La finca de Paco ardió una tarde calurosísima de agosto. Se dijo que fue una colilla. Ningún recorte de prensa mencionó la palabra “biodiversidad” o la palabra “endemismo”. Tampoco se habló de la saliva de los insectos xilófagos ni del cáncer. Rita se apresuró a enviarme una pomposa invitación para contarme entre sus invitados a la inauguración del nuevo restaurante “Finca Paco”, el lugar de moda que desde entonces congrega a todo tipo de especuladores y acólitos de relumbrón. A los triunfadores, vaya.
Ahora ya estoy seguro de no haber visto a Rita la tarde del incendio y mi cerebro, que lleva todos estos años encajando de manera inconsciente todas las piezas de su ascenso económico, me muestra en ella al pirómano del que se habló aquella tarde de hace veintiséis veranos y que nunca nadie identificó.
* * *
Hoy, un día cualquiera de noviembre, veo en el periódico una esquela que reza:
Rita Moyano
Falleció de cáncer a los 52 años
Sus familiares y amigos ruegan una oración por su alma
Descanse en paz
La venganza de los insectos xilófagos me pareció exquisita.


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