Por Gabriel Fernández
"La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco." Platón
Dicen que el hombre es un ser social y lo cierto es que estar toda la vida aguantándose a uno mismo es insoportable. Pero hay dos posibles salidas para hacerlo mas llevadero. Están los que prefieren soportar a los demás antes que a ellos mismos y están los que, hartos de soportarse, necesitan que los demás hagan esa tarea. Los primeros tienen muchos amigos que les llaman para que escuchen sus historias. Ellos escuchan pacientemente, sueñan que son ellos mismos y dan consejos como si fueran para ellos. Los otros, tienen menos amigos que les llaman, pero ellos llaman mucho y, sin preguntar, hablan y hablan y, aunque oyen, no escuchan. Los unos están hechos para los otros. Unos hablan y otros escuchan. Unos necesitan atender a quienes necesitan ser atendidos.
Sin embargo, no se entienden. Los que dan consejos no son capaces de aplicarlos para ellos mismos ni se atreven a pedirlos. Los que cuentan su historia no son capaces de reflexionar sobre la misma ni de aplicar los consejos que reciben. Mucho menos de escuchar los problemas de los otros. Conviven perfectamente pero viven en dos mundos. Unos viven con la angustia de los problemas de los demás, que los prefieren a los suyos, y otros viven con la necesidad de trasladar sus miedos y miserias a los demás. Ninguno quiere enfrentarse a sí mismo. Porque, escuchémonos por un momento....¿silencio? Todo lo contrario. Miles de voces, imágenes, miedos y deseos empiezan a asaltar nuestra conciencia. Ejércitos enteros de ideas deslavazadas, prejuicios inmutables, frases hechas y pensamientos obscenos cruzan nuestro cerebro a la velocidad de la luz.... No hemos entendido nada, pero... prestemos mas atención. Tratemos de retener algo coherente....De nuevo, el caos.
De repente, algo inicialmente imperceptible empieza a concretarse en nuestra cabeza. Es como el sonido de un oboe en medio de una sinfonía, que empieza a hacerse distinguible muy poco a poco, no por sonar mas fuerte, sino por mantenerse en la misma nota cuando el resto de la orquesta sigue otra melodía. A veces, ese oboe suena dulce y congruente con el resto de la orquesta y disfrutamos escuchándolo. Otras, su sonido es desafinado y perturbador y tratamos de silenciarlo. En un caso, nos sentimos felices y no deseamos que ese momento pase. En el otro, nos sentimos desgraciados y luchamos por olvidar ese momento. Pero ambas sensaciones son muy breves y, pasados unos instantes, el caos se vuelve a apropiar de nuestro pensamiento y volvemos a ser autómatas. En ese momento sentimos alivio o nostalgia según la naturaleza del sonido que ya hemos dejado de escuchar. Y así vivimos. La mayor parte del tiempo, con el caos en la cabeza y repitiendo mecánicamente gestos aprendidos y frases escuchadas y, una pequeña parte del mismo, deleitándonos o aborreciendo ciertos destellos de lucidez que aparecen tan inesperada y mágicamente como se esfuman.
Los artistas viven tratando de aprehender y transmitir los detalles sublimes o terribles percibidos en esos destellos. El resto no es capaz de escucharlos, tiene miedo a hacerlo o le parecen subproductos marginales de su pensamiento serio.
Luis Landero en su libro “Caballeros de Fortuna” ilustra magistralmente el desánimo que siente alguien que se empeña en producir alguna idea lúcida, algún pensamiento brillante pero cuya mente es completamente inane e improductiva. Este hombre se empeña en pensar y pensar, en relacionar hechos, escuchar conversaciones, leer libros y luego, esperar. Esperar a que el milagro se produzca. A que suene esa nota que, con claridad, se imponga a las demás. Pero no ocurre nada. Ninguna nota particular se manifiesta. Si es verdad que cada lágrima enseña a los mortales una verdad como decía Platón, ¿qué ocurre cuando no llega espontáneamente esa lágrima de alegría o tristeza que la lucidez arranca de lo mas profundo de nosotros?. Entonces llega la impostura, el reino del sucedáneo, el kitsch (en sus orígenes, este término apelaba a un gusto vulgar de la adinerada burguesía de Munich que pensaba que podía alcanzar el status de las élites culturales copiando las características más evidentes de sus hábitos culturales).
Así, el arte, la revelación de la verdad a través del sentimiento y la introspección en esos instantes mágicos de lucidez, comienza a perder su significado, se empieza a comerciar con él, destacando su faceta estética y orientadolo a un consumidor con capacidad adquisitiva y poca capacidad o interés por dar respuesta a su pensamiento interior. El arte se convierte así en producto industrial controlado por las necesidades del mercado y ofrecido a un publico pasivo que lo acepta sin participar en su creación. Formalmente, este arte es incoherente con su esencia, pero sirve para dar a la audiencia ocio y algo que mirar y en qué distraerse. Puro placer estético (aunque dudoso) y sin contenido ni utilidad mas que la de la contemplación sin reflexión. Así, el cine y la televisión han demostrado que tiene infinitamente más éxito la propuesta de distracción mediante la contemplación de la acción, que la de fomentar la reflexión mediante la representación de la paradoja o el dilema (ser o estar, esa es la cuestión).
Todo vale con tal de que esté de moda y la moda es, no lo olvidemos, un concepto estadístico que corresponde al valor que mas se repite. Y de ahí al pensamiento único y al único pensamiento que carece de inquietud por el significado de lo que hace o dice con tal de haberlo oído y podérselo contar a los demás. Y aquí ambos, el que escucha por no escucharse y el que habla para que le escuchen, no saben de que hablan ni que sentido tiene lo que escuchan.
Es como si el siglo XX nos hubiera dejado intelectualmente exhaustos con todos sus avatares, sueños y desastres a escala mundial. Exhaustos y sin capacidad de sorpresa ni de reacción. Apenas un par de generaciones han contemplado dos guerras mundiales con lanzamiento de bombas atómicas incluidas, la creación de la Sociedad de Naciones y de la ONU tras la finalización de cada una de ellas; la invención del automóvil, la televisión y el microchip y su utilización a escala planetaria; la llegada a la luna; la construcción y destrucción del muro de Berlín; la génesis y ocaso del nazismo, el marxismo, el hippismo, el existencialismo, el dadaísmo, el surrealismo, el modernismo, el postmodernismo, la teología de la liberación, el psicoanálisis, el rock, el pop, el blues, el punk, el heavy, el trash, el house, el chill out.....
Y, como no podía ser de otra manera, el siglo da paso al siguiente haciendo honor a su teoría mas genuina, la de la relatividad. Todo depende del punto de vista del observador. Así el genocidio en Rwanda con pérdida de vidas humanas a escala similar al de una guerra mundial tiene escasa repercusión mediática mientras que la caída de las torres gemelas como símbolo del comercio y el desarrollo de la sociedad occidental con relativamente pequeña pérdida de vidas humanas goza de repercusión mediática inigualable y justifica invasiones militares y restricción de libertades individuales; aparece la red de redes por antonomasia y el acceso a cualquier información de cualquier tipo por cualquiera; y se consolida el consumismo como única defensa ante tal avalancha de información y acontecimientos a los que asistimos como espectadores impotentes y atónitos ante su desarrollo.
Todo es opinable, todo es relativo, todo es efímero, nada hay cierto salvo que estamos. Estamos, pero exhaustos. Incrédulos ante cualquier novedad, convencidos de que todo ya ha sido intentado o inventado. De que todo ya ha ocurrido, que hemos llegado al fin de la historia como proclamaba Fukuyama. El refugio parecen ser los fundamentalismos religiosos, el consumo desmesurado de prostitución, droga, videojuegos y todo tipo de productos de consumo, como placentera forma de enajenación mental, o la adhesión a la compleja teoría de la conspiración mundial de los illuminati, (como acertadamente me indicó que se llamaba este grupo mi erudito amigo José) y al combate de su nuevo orden mundial como única forma de rebelión.
De todos, me quedo con Don Julio Martín Aguado, el personaje de Landero en su perseverancia por comprender el mundo mientras regenta una mercería en un pequeño pueblo de provincias. Debatiéndose entre la lectura obligada de Ortega para adquirir su elocuencia y la admiración por Alejandro Magno y sus aventuras guerreras como paradigma del héroe. Don Julio salía a la calle para examinar el comportamiento humano con afán de trascendencia y de asombro, tal y como aconseja Ortega: “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Tal es el deporte y el lujo del intelectual. Mirar el mundo con los ojos dilatados de la extrañeza. Todo el mundo es extraño y maravilloso para unas pupilas bien abiertas”. Pero nada, ni un pensamiento, ni una palabra, ni un motivo de estupor cruzaba su mente, hasta que el pensamiento volvía a escapar al control de su voluntad y corría de nuevo tras cualquier fantasía infantil o inane.
La lucidez es escurridiza y se presenta raras veces y de forma inesperada, no se vende ni se compra, no se aprende ni se enseña, no se escucha ni se cuenta... Buena suerte Don Julio!
GF. Septiembre 2006


Meneame
del.icio.us
Unamuno (1864-1936) sintió a lo largo de su vida un anhelo, una poderosa pasión, un ansia inexplicable de eternidad. "Nada" (1914) contiene intensas formulaciones de este tipo; arranca de la realidad de un “hombre de carne y hueso”: Augusto Pérez; que se nos presenta, en un principio, como un contemplativo: un ser que considera que tomar posesión de las cosas usándolas es degradarlas y degradarnos, al mismo tiempo, con ellas:
“Es una desgracia eso de tener que servirse uno de las cosas -pensó Augusto-; tener que usarlas... La función más noble de los objetos es la de ser contemplados... Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males.”
Pues bien, esta criatura, -de la que Don Miguel nos dice que es un “paseante de la vida”-, pese a lo que algunos críticos han querido ver o efectivamente han visto, es un ser que alberga en su interior más profundo, dudas de un carácter existencial indiscutible y desde un principio. Un ser pensante que pone en solfa la frenética actividad humana: pues en ella ve sólo un modo y un medio del que los hombres se sirven para huir de sí mismos, para no pensar; lo que indudablemente da mucho más trabajo. Y nos lo dice bien claro:
“¡No yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento... Porque, vamos a ver, ese.exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago?... ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía!.”
Y efectivamente, con su imaginativo pensar, ira ensanchando sus preguntas poco claras, oscurecidas por vertiginosas nieblas interiores, hasta llegar a la bien articulada y dolorosísima súplica final:
“¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir! - y le lloraba la voz.”
Todo ser que se pregunta, se ve abocado a una preocupación intensa, metafísica: tratar de descifrar el sentido de una vida que inexorablemente acabará por situarnos ante la perspectiva de la muerte; un ‘irrebasable’ acabamiento, una desesperante Nada. Nuestro Augusto, cierto es, no entiende la “realidad” que le rodea muy bien o incluso podríamos decir que no la entiende en absoluto: cuando se confronta con el mundo que le rodea no sabe si él es un ser real o si los que son absolutamente irreales son todos los demás: todos los que no forman parte de su “yo”. La alteridad le desconcierta:
“Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy yo, e iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras he fantaseado que no me veían como me veía yo, y mientras yo creía ir formalmente, con toda compostura, estaba, sin saberlo, haciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aunque no, porque tú eres joven todavía y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro”.
Los más de los mortales no están preparados para aceptar el hecho de que vivimos a dos niveles distintos al mismo tiempo: el intelectual; en el que se nos despierta el deseo de objetivar y el de la auténtica existencia; en el que tenemos que aceptar la vida como una experiencia subjetiva. Unamuno nos enseña la tragedia de la vida y lo hace entre brumas y diálogos y monólogos metafísicos del más tragicómico alcance: el hecho de que todos nosotros estamos actuando, jugando al juego de la vida al mismo tiempo que la vivimos. Esta es la brumosa realidad que se representa en la Nibola que está escribiendo Victor Goti: prologista de Niebla y amigo íntimo de Augusto:
“Si ahora, por ejemplo, algún nivolista oculto ahí, tras ese armario, tomase nota..., es fácil que dijeran los lectores que no pasa nada, y, sin embargo.
-¡Oh, si pudieran verme por dentro, Victor te aseguro que no dirían tal cosa!
-¿Por dentro? ¿Por dentro de quién? ¿De ti? Nosotros no tenemos dentro. Cuando dirían que aquí no pasa nada es cuando pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen”.
Esta es la tragedia que vive Augusto en su afán de expansión total: comprender que lo más real es una apariencia, que por otra parte él ya había intuido, y que siempre hay un “otro” que nos sueña:
“No era que tomara posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía... Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora surge de ella Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Sumido en la niebla de su vida espera su respuesta (Augusto Pérez)... Sí; Eugenia Domingo del Arco, avenida de la alameda, 58. ¡Yo enamorado! ¡Quién había de decirlo!...Tal vez mi amor a precedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la creación. Y para amar algo ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la niebla en gotas de agua o en granizo, o en nieve, o en piedra. ¡Quién fuera águila para pasearse por los senos de las nubes! Y ver el sol a través de ellas, como lumbre nebulosa también”.
Los seres humanos son seres que se debaten entre el temor y la esperanza; el temor, de saberse quién son: hombres; fatigados de realidades y henchidos de la esperanza de sobrevolarlas, de transcenderlas, de ir más allá, de tocar el absoluto infinito y eterno; por más que se mantenga más allá del humano alcance. Y como las águilas, orgullosos y sin abatirse, traspasar la verdad eterna del círculo concéntrico; contenida en un cero simbólico. Pero Augusto, aún no ha traspasado esa nada de luminosa verdad y para aferrarse más a las brumas, para sentir su irreal ser más colmado de realidad; se quiere enamorar, se inventa un amor. El amor es lo más real, lo que con más fuerza nos amarra a la insustanciosa cotidianidad del diario transcurrir; un sueño soñado a dos:
“Pues el caso es que he estado aburriéndome sin saberlo, y dos mortales años desde que murió mi santa madre... Sí, sí, hay un aburrimiento inconsciente... El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor... ¡Oh Eugenia mía, flor de mi aburrimiento vital e inconsciente, asísteme en mis sueños, sueña en mí y con migo!”
Augusto, no obstante, no es un ser estático, - y en esto insistimos-, sino que está provisto de la dinámica más pura; la que se expresa en el pensar para mejor conocer y en el perder el tiempo, o matarlo, para más amar y más vivir. Un vivir que Augusto reconoce como la más azorosa proyección del deseo de dar el paso al más allá e ir al cielo:
“¡Ay, Orfeo! - decía ya en su casa Augusto, dándole la leche a aquel - ¡Ay, Orfeo! Di el gran paso, el paso decisivo: entré en su hogar, entré en el santuario. ¿Sabes lo que es dar un paso decisivo? Los vientos de la fortuna nos empujan y nuestros pasos son decisivos todos. ¿Nuestros? ¿Son nuestros esos pasos? Caminamos,... , por una selva enmarañada y bravía, sin senderos ... Hay quien cree seguir una estrella; yo creo seguir una doble estrella, melliza. Y esa estrella no es sino la proyección misma del sendero al cielo, la proyección del azar”.
El mundo nebuloso en el que Augusto se desenvuelve cobra verdadera existencia al ser integrado en el amor:
“Gracias al amor siento el alma de bulto, la toco”
La cualidad del amor, al igual que cualquier otra cualidad vital, no se conforma en una única sustancia, quizás para que nos quede más claro que esto es precisamente lo que no existe; unas veces, Augusto quiere conquistarlo (cap v, en el que le pide ayuda a la portera para conquistarlo; para vencer el amor que Eugenia siente por su novio) y, otras veces, esa cualidad de conquista no le parece intrínseca a la cualidad del amor, cap. x) :
“En amor lo mismo da vencer que ser vencido”
Y apurando más lo insustancial de las cualidades vitales se nos dice que el enamorarse de una mujer es enamorarse de todas, porque lo importante no son las entidades mundanas, lo importante es el poder del amor en abstracto; un poder que nos hace sentir, poderosamente, divinos:
“...y no es que creí en Dios, sino que me creí un Dios.”
Su amigo, Victor, le da la explicación del por qué se enamora, desde entonces, de cada mujer que ve, y se basa en un puro razonar y le dice que su enamoramiento es “de cabeza”:
“- Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción... Crees que estás enamorado...
- ¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que cree estarlo?
- Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas.”
Don Miguel de Unamuno gusta de abrir las preguntas pero, como él es un pobre hombre también; un ser soñado por un Dios distinto y que habrá de despertarse cuando Éste le deje de soñar; nunca las puede cerrar. Y de ello le habla nuestro héroe “ficticio”: su ente de creación, que cuando intentó tocar con un dedo el Cielo, su dios le despertó:
“...así sostengo yo, Augusto Pérez, que tú, Miguel de Unamuno, que crees haberme creado, no me conoces bien...
- ¿Y tú, te conoces a ti mismo? - le interrumpí.
-¡Hombre, no! Pero no soy tan puro tonto que pretenda conocerme. Y aunque te parezca otra cosa también yo, en aquella precaria existencia ficticia que me prestaste, aspiré a la genialidad y me esforcé, a mi modo, por llegar a genio. Como que por eso fue precisamente mi muerte.”
Cuando las contradicciones tocan a su fin Augusto reconoce a las claras que lo de menos es saber quién mueve los hilos, ni porque razones, y que lo importante es despertar a la vida; descubrirse como una entidad que incluso se palpa porque es “de bulto”, pero que una vez que esto sucede ya no se necesita de nadie en concreto; pues lo que sobran son motivos para vivirla, amores para ser soñados a dos...; mujeres (Cap. XIX). Y dicho esto se asustó; temió descubrir la verdad que no quería y que el mismo había venido señalando: temió que si el amor era un sueño, para ser soñado a dos, al despertarse alguien de ese sueño, inmediatamente, el otro, dejaría de ser soñado; dejaría de tener vida. Y tener vida era de lo que se trataba. El amor de su madre era el amor que le soñaba a él, Augusto Pérez, y por eso desde que su madre murió él se siente como en las nubes. Y si no encuentra pronto otra mujer nunca tocará tierra:
“Si viviera mi madre, encontraría solución a esto - se dijo Augusto-, que no es, después de todo, más difícil que una ecuación de segundo grado. Y no es, en el fondo, más que una ecuación de segundo grado.”
La tragedia se anuncia en forma de ecuación de segundo grado: dos valores desconocidos que exigen ser descubiertos. Su madre era muy buena matemática y preparó bien a su hijo. Es decir: Augusto no considera demasiado difícil descubrir estos dos valores de carácter desconocido. Lo que ocurre, es que siente el pavoroso vértigo que las clarividencias producen en los humanos. Y se asustó, se asustó muchísimo:
“Levantose y empezó a recorrer calles como un sonámbulo”
Y la deidad, que con el amor pretendía alcanzar, se disipa en la Nada; él no pasa de ser “un pobre hombre...”; otro está moviendo los hilos; representamos los papeles que se nos adjudican; lo demás; son estúpidas pretensiones, o cuando menos, inútiles:
“- Que a todos nos gusta, señorito hacer el papel, y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás,”
Y la tragedia crece:
“-¡Me ha matado! - le dijo a Liduvina.
-¿Quién?
- Ella no acertaba a decirse nada concreto, se le enmudeció el monólogo, sintió como si se le acorchase el alma y rompió a llorar. Y lloró, lloró, lloró. Y en el llanto silencioso se le derretía el pensamiento.”
Y cuando el dolor llega a uno de sus puntos álgidos es cuando lo cómico se vuelve significativo; la comicidad consiste en poner juntas dos ideas que normalmente se entienden como contradictorias. Incluso las mentes más poderosas han encontrado este término como algo muy difícil de definir. Apoyémonos en Unamuno, pues Don Miguel sabe de secretos de otras realidades; secretos palpitantes de nebulosa vida. Secretos soñados para él por el amor de sus creaciones:
“Victor encontró a Augusto hundido en un rincón de un sofá, mirando más abajo del suelo.
-¿Qué es eso? - le preguntó, poniéndole una mano sobre el hombro.
-... ¿No sabes lo que me ha pasado?
- Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho ella; lo que no sé es lo que te pasa por dentro, es decir, no sé porque estás así.
-¡Parece imposible!
- Se te ha ido un amor, el de a; ¿no te queda el de b, o el de c, o el de x, o el de otra cualquiera de las n?
- No es la ocasión para bromas, creo.
- Al contrario, está es la ocasión de bromas... Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para nada. El niño se ríe de la tragedia; el viejo llora en la comedia. Quisiste hacerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti mismo rana.”
Augusto se conduele y se explica:
“Es que no me duele el amor; ¡es la burla, la burla, la burla!...han querido demostrarme..., ¿qué sé yo?..., que no existo.”
Algo tenía que pasar, en algo había que llenar el vértigo de nuestra vacía existencia; y ese algo le sale al paso a Augusto, que buscaba sin parar, en forma de amor. Y de pronto, de la Nada y de las expectativas rotas nace la risa. Kant dice:
“Laughter is the affection arising from the sudden transformation of a strained expectation into nothing.”
Se sabe que en el inconsciente no hay grados de certezas ni de dudas y que, todo eso, nos lo aporta la censura del consciente. Cuando Augusto no se censura, cuando habla con su perro, asimila perfectamente los dos términos de la ecuación: los razona perfectamente, lo cual induce a pensar que los acepta:
“Hoy como ayer, mañana como hoy... Esta es la revelación de eternidad, Orfeo, de la terrible eternidad... La eternidad no es porvenir. Cuando morimos nos da la muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que fue. Y así, sin término, devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fue.”
Los mecanismos de defensa no se desarrollan en Augusto; que rechaza la risa por considerarla como un alivio macabro. Alivio que Victor le sugiere:
“Es la comedia, Augusto, es la comedia que representamos ante nosotros mismos, en lo que se llama el foro interno, en el tablado de la conciencia, haciendo a la vez de cómicos y de espectadores. Y en la escena del dolor representamos el dolor y nos parece un desentono el que de repente nos entre ganas de reír entonces. Y es cuando más ganas nos da de ello... No asegures nada y devórate. Es lo seguro.”
Eugenia y su Mauricio le han quitado la alfombra de debajo de los pies a Augusto y le han hecho saltar al aire y, como todo tiene su gracia, es con este dolor con el que Augusto se vuelve a sentir real: pletórico y con más ganas de vivir que nunca:
“- Y me devoro, me devoro. Empecé, Victor, como una sombra, como una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o desahogarse; pero ahora, después de lo que me ha hecho, después de lo que me han hecho, después de esta burla, de esa ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real.
-¡Comedia! ¡Comedia! ¡Comedia!”
Y el miedo, al formar parte del instinto de conservación, aumenta, y no se encuentra termino medio entre la superación o la condena:
“Aqella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse... Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultar con migo, con el autor de este relato.”
Unamuno le niega la posibilidad de suicidarse basándose en que nadie que “no exista” puede matarse. Y entonces la vida, a Augusto, le chorrea a borbotones:
“- No sea, mi querido don Miguel -añadió -, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...”
De pronto, Augusto adquiere poderosa consistencia y sale de las nieblas reluciente de vida; y levanta a los lectores del asiento:
“-Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado...
-Pues opino que tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
-Eso de no me da la real gana, señor Unamuno, es muy español, pero muy feo... En efecto; un novelista,..., no puede hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese... Yo,..., tengo mi carácter, mi lógica interior, y esta lógica me pide que me suicide...”
Unamuno pierde completamente los papeles y como no sabe qué hacer decide matarle. Augusto se espanta de la vacuidad de la existencia y suplica por su vida. No se le concede y la negación abre paso, definitivamente, a la comedia: el autor burlador se ve burlado:
“Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió. ¡Dios dejará de soñarle!”
Como apunta Sir Philip Sydney, (escritor inglés del siglo XVI), tenemos que distinguir entre la risa; que produce la burla que únicamente pretende entretener y el espíritu cómico; que es algo muy distinto: nace de una seria reflexión acerca del sentido de la vida; que culmina con la reflexión final de Victor Goti acerca de lo qué tiene el arte de liberador: que no es olvidar penas, como creía Augusto, sino que:
“...lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista.”
La victoria final se la pone, en la mano, Augusto a Don Miguel; al demostrarle que la victoria posible consiste en aceptar el vencimiento:
“Sólo el tonto se cree invencible”
Todos somos entes de ficción, a todos nos sueña alguien, que a su vez es un alguien soñado, y que el vivir y el morir es simplemente una cuestión de “revivires” múltiples: Dios no existe sino es en la coincidencia de dos contrarios. Y esta podría ser la solución de la ecuación de segundo grado: la tragicomedia de la vida; lo que decía nuestro amigo Avito Carrascal:
“... sólo se aprende a vivir viviendo.”
Muchas veces hemos querido recorrer estrellas: despertar de este sueño e ir a soñar a otra parte; con los seres que alguien nos ha despertado, para poder allí soñarlos de nuevo, para asegurarnos que Dios no va a cansarse nunca de seguir soñándoles; o de que Dios siempre va a ser soñado. Y entonces comprendemos que tendríamos que despertar a los que aquí seguimos soñando: a nuestros otros hijos. Y todo volvería a empezar de nuevo. Crearíamos un nuevo dolor y con él nos aferraríamos a la vida de la misma forma y por las mismas causas conque el amor primero nos aferraba. Terminamos un sueño; soñamos otro: somos unos soñadores que no pueden dejar de soñar; somos el sueño de otro soñador que tampoco quiere despertarse. Perdemos el sentido y confundimos las vigilias con los sueños.
La madre de Augusto quería que encontrara una mujer; para que, cuando ella ya no estuviera, el amor de otra mujer siguiera soñándole:
“Y no es que yo no tenga confianza en nuestros antiguos y fieles servidores, no. Pero trae ama a la casa. Y que sea ama de casa, hijo mío, que sea ama. Hazla dueña de tu corazón, de tu bolsa, de tu despensa, de tu cocina y de tus resoluciones. Busca una mujer de gobierno que sepa querer... y gobernarte.”
Su madre era una viuda que conocía de las sonrisas que dejan las lágrimas cuando se posan, pero temía que el inexperto de su hijo no entendiera que el amor y el dolor, que la vida y la muerte; son una misma cosa: una ecuación de segundo grado; fácil de resolver si se tiene experiencia:
“Lo que me temo hijo mío..., es cuando te encuentres con la primera espina en el camino de tu vida.”
El concepto de lo cómico es un concepto ineludiblemente ligado a lo trágico; nada existe sino es por su contrario. Lo que, no obstante, entendemos; es que sirve para resaltar los aspectos morales que se derivan de todas las reflexiones serias, que por lógica consecuencia no se resuelven en un mismo plano. Los seres: humanos o de ficción, que lo mismo da; se sienten vivos y, que sea verdad o mentira tampoco importa; reclaman el derecho a experimentarse viviendo, a definir positiva y negativamente su sustancialidad: su “yo”. Un yo que fatalmente ha de vivir muriéndose. El arte lo vuelve todo comedia para diluir nuestra colectiva fatalidad. Una fatalidad, de la que por no ser responsables, nos convierte en héroes de Nibola: no se nos puede matar porque todo es un sueño, porque nunca hemos nacido, porque todo es lo mismo, porque todos somos uno, porque el tiempo no existe. Es decir: nos hace grandes para que nos de la risa. Y de la risa al absurdo, y del absurdo a la liberación catártica; a la purificación, de nuestra pasión de existencia e inmortalidad; por medio del goce estético. Una estética capaz de corroer y confundir; todos somos burladores burlados: Dioses, madres, autores, personajes, personas, perros, ayeres, mañanas, amores, odios, haceres, no haceres, hablar, ladrar...:
“Un mismo caso es triste o alegre según nuestra disposición innata”.
Gracia Díaz-Telenti