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Lucidez

Por Gabriel Fernández

"La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco." Platón

Dicen que el hombre es un ser social y lo cierto es que estar toda la vida aguantándose a uno mismo es insoportable. Pero hay dos posibles salidas para hacerlo mas llevadero. Están los que prefieren soportar a los demás antes que a ellos mismos y están los que, hartos de soportarse, necesitan que los demás hagan esa tarea. Los primeros tienen muchos amigos que les llaman para que escuchen sus historias. Ellos escuchan pacientemente, sueñan que son ellos mismos y dan consejos como si fueran para ellos. Los otros, tienen menos amigos que les llaman, pero ellos llaman mucho y, sin preguntar, hablan y hablan y, aunque oyen, no escuchan. Los unos están hechos para los otros. Unos hablan y otros escuchan. Unos necesitan atender a quienes necesitan ser atendidos.

Sin embargo, no se entienden. Los que dan consejos no son capaces de aplicarlos para ellos mismos ni se atreven a pedirlos. Los que cuentan su historia no son capaces de reflexionar sobre la misma ni de aplicar los consejos que reciben. Mucho menos de escuchar los problemas de los otros. Conviven perfectamente pero viven en dos mundos. Unos viven con la angustia de los problemas de los demás, que los prefieren a los suyos, y otros viven con la necesidad de trasladar sus miedos y miserias a los demás. Ninguno quiere enfrentarse a sí mismo. Porque, escuchémonos por un momento....¿silencio? Todo lo contrario. Miles de voces, imágenes, miedos y deseos empiezan a asaltar nuestra conciencia. Ejércitos enteros de ideas deslavazadas, prejuicios inmutables, frases hechas y pensamientos obscenos cruzan nuestro cerebro a la velocidad de la luz.... No hemos entendido nada, pero... prestemos mas atención. Tratemos de retener algo coherente....De nuevo, el caos.

De repente, algo inicialmente imperceptible empieza a concretarse en nuestra cabeza. Es como el sonido de un oboe en medio de una sinfonía, que empieza a hacerse distinguible muy poco a poco, no por sonar mas fuerte, sino por mantenerse en la misma nota cuando el resto de la orquesta sigue otra melodía. A veces, ese oboe suena dulce y congruente con el resto de la orquesta y disfrutamos escuchándolo. Otras, su sonido es desafinado y perturbador y tratamos de silenciarlo. En un caso, nos sentimos felices y no deseamos que ese momento pase. En el otro, nos sentimos desgraciados y luchamos por olvidar ese momento. Pero ambas sensaciones son muy breves y, pasados unos instantes, el caos se vuelve a apropiar de nuestro pensamiento y volvemos a ser autómatas. En ese momento sentimos alivio o nostalgia según la naturaleza del sonido que ya hemos dejado de escuchar. Y así vivimos. La mayor parte del tiempo, con el caos en la cabeza y repitiendo mecánicamente gestos aprendidos y frases escuchadas y, una pequeña parte del mismo, deleitándonos o aborreciendo ciertos destellos de lucidez que aparecen tan inesperada y mágicamente como se esfuman.

Los artistas viven tratando de aprehender y transmitir los detalles sublimes o terribles percibidos en esos destellos. El resto no es capaz de escucharlos, tiene miedo a hacerlo o le parecen subproductos marginales de su pensamiento serio.
Luis Landero en su libro “Caballeros de Fortuna” ilustra magistralmente el desánimo que siente alguien que se empeña en producir alguna idea lúcida, algún pensamiento brillante pero cuya mente es completamente inane e improductiva. Este hombre se empeña en pensar y pensar, en relacionar hechos, escuchar conversaciones, leer libros y luego, esperar. Esperar a que el milagro se produzca. A que suene esa nota que, con claridad, se imponga a las demás. Pero no ocurre nada. Ninguna nota particular se manifiesta. Si es verdad que cada lágrima enseña a los mortales una verdad como decía Platón, ¿qué ocurre cuando no llega espontáneamente esa lágrima de alegría o tristeza que la lucidez arranca de lo mas profundo de nosotros?. Entonces llega la impostura, el reino del sucedáneo, el kitsch (en sus orígenes, este término apelaba a un gusto vulgar de la adinerada burguesía de Munich que pensaba que podía alcanzar el status de las élites culturales copiando las características más evidentes de sus hábitos culturales).
Así, el arte, la revelación de la verdad a través del sentimiento y la introspección en esos instantes mágicos de lucidez, comienza a perder su significado, se empieza a comerciar con él, destacando su faceta estética y orientadolo a un consumidor con capacidad adquisitiva y poca capacidad o interés por dar respuesta a su pensamiento interior. El arte se convierte así en producto industrial controlado por las necesidades del mercado y ofrecido a un publico pasivo que lo acepta sin participar en su creación. Formalmente, este arte es incoherente con su esencia, pero sirve para dar a la audiencia ocio y algo que mirar y en qué distraerse. Puro placer estético (aunque dudoso) y sin contenido ni utilidad mas que la de la contemplación sin reflexión. Así, el cine y la televisión han demostrado que tiene infinitamente más éxito la propuesta de distracción mediante la contemplación de la acción, que la de fomentar la reflexión mediante la representación de la paradoja o el dilema (ser o estar, esa es la cuestión).
Todo vale con tal de que esté de moda y la moda es, no lo olvidemos, un concepto estadístico que corresponde al valor que mas se repite. Y de ahí al pensamiento único y al único pensamiento que carece de inquietud por el significado de lo que hace o dice con tal de haberlo oído y podérselo contar a los demás. Y aquí ambos, el que escucha por no escucharse y el que habla para que le escuchen, no saben de que hablan ni que sentido tiene lo que escuchan.
Es como si el siglo XX nos hubiera dejado intelectualmente exhaustos con todos sus avatares, sueños y desastres a escala mundial. Exhaustos y sin capacidad de sorpresa ni de reacción. Apenas un par de generaciones han contemplado dos guerras mundiales con lanzamiento de bombas atómicas incluidas, la creación de la Sociedad de Naciones y de la ONU tras la finalización de cada una de ellas; la invención del automóvil, la televisión y el microchip y su utilización a escala planetaria; la llegada a la luna; la construcción y destrucción del muro de Berlín; la génesis y ocaso del nazismo, el marxismo, el hippismo, el existencialismo, el dadaísmo, el surrealismo, el modernismo, el postmodernismo, la teología de la liberación, el psicoanálisis, el rock, el pop, el blues, el punk, el heavy, el trash, el house, el chill out.....
Y, como no podía ser de otra manera, el siglo da paso al siguiente haciendo honor a su teoría mas genuina, la de la relatividad. Todo depende del punto de vista del observador. Así el genocidio en Rwanda con pérdida de vidas humanas a escala similar al de una guerra mundial tiene escasa repercusión mediática mientras que la caída de las torres gemelas como símbolo del comercio y el desarrollo de la sociedad occidental con relativamente pequeña pérdida de vidas humanas goza de repercusión mediática inigualable y justifica invasiones militares y restricción de libertades individuales; aparece la red de redes por antonomasia y el acceso a cualquier información de cualquier tipo por cualquiera; y se consolida el consumismo como única defensa ante tal avalancha de información y acontecimientos a los que asistimos como espectadores impotentes y atónitos ante su desarrollo.
Todo es opinable, todo es relativo, todo es efímero, nada hay cierto salvo que estamos. Estamos, pero exhaustos. Incrédulos ante cualquier novedad, convencidos de que todo ya ha sido intentado o inventado. De que todo ya ha ocurrido, que hemos llegado al fin de la historia como proclamaba Fukuyama. El refugio parecen ser los fundamentalismos religiosos, el consumo desmesurado de prostitución, droga, videojuegos y todo tipo de productos de consumo, como placentera forma de enajenación mental, o la adhesión a la compleja teoría de la conspiración mundial de los illuminati, (como acertadamente me indicó que se llamaba este grupo mi erudito amigo José) y al combate de su nuevo orden mundial como única forma de rebelión.
De todos, me quedo con Don Julio Martín Aguado, el personaje de Landero en su perseverancia por comprender el mundo mientras regenta una mercería en un pequeño pueblo de provincias. Debatiéndose entre la lectura obligada de Ortega para adquirir su elocuencia y la admiración por Alejandro Magno y sus aventuras guerreras como paradigma del héroe. Don Julio salía a la calle para examinar el comportamiento humano con afán de trascendencia y de asombro, tal y como aconseja Ortega: “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Tal es el deporte y el lujo del intelectual. Mirar el mundo con los ojos dilatados de la extrañeza. Todo el mundo es extraño y maravilloso para unas pupilas bien abiertas”. Pero nada, ni un pensamiento, ni una palabra, ni un motivo de estupor cruzaba su mente, hasta que el pensamiento volvía a escapar al control de su voluntad y corría de nuevo tras cualquier fantasía infantil o inane.
La lucidez es escurridiza y se presenta raras veces y de forma inesperada, no se vende ni se compra, no se aprende ni se enseña, no se escucha ni se cuenta... Buena suerte Don Julio!
GF. Septiembre 2006

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