Por Gabriel Fernández
Allí estaba ella, apoyada en la barandilla de la terraza del quinto piso de una casa gris. Allí estaba, tratando de descubrir algo nuevo al acercarse a aquél lugar, al que siempre recurría como última esperanza ante el pegajoso aburrimiento que experimentaba. Y, como siempre, todo estaba igual. El portero de la casa de enfrente fumaba un enorme puro mientras conversaba con una vecina que, a su vez, tiraba de un carrito de la compra y gesticulaba violentamente con la mano que le quedaba libre; en el cine de abajo empezaba a acumularse la gente que entraría a la sesión de las siete y el policía municipal, ordenaba rutinariamente el tráfico en la confluencia de su calle con la avenida principal.
Volvió a pensar que sólo existen categorías y que los elementos que las componen no se diferencian en nada, repitiéndose insistentemente con el único objetivo de confirmar su pertenencia a dicha categoría: la de los porteros, la de los policías, la de los vecinos, la de los cinéfilos...La existencia de ciencias como la medicina, la psicología e incluso la economía, que hacía tiempo que había dejado de tratar de entender, no hacían mas que confirmar el hecho de que los seres humanos, se clasifican en categorías de acuerdo a sus ambiciones, miserias o enfermedades. Un día era igual a otro como un portero era igual a otro y un muerto era idéntico a otro muerto.
Pero, de pronto, una extraña idea la asaltó. En realidad, cada segundo, cada décima de segundo que pasaba, todo cambiaba radicalmente. En ese tiempo, la tierra habría recorrido un trecho de su órbita alrededor del sol, habría girado un poco más hacia el Este; muchas células de su cuerpo habrían muerto y otras habrían nacido; se asimilaban minerales, se destruían proteínas y cientos de imágenes y palabras se agolpaban en su cerebro combinándose de infinitas maneras diferentes. Entonces recordó la definición que una vez había escuchado sobre la música repetitiva: “Es como mirar al cielo mientras el viento arrastra pequeñas nubes blancas que van cambiando continuamente y nunca vuelven a repetirse, aunque, en apariencia, todas son iguales”.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió un intenso vértigo. Perdía consistencia, perdía identidad, como un trazo de tinta disolviéndose en una hoja de papel secante. Se precipitaba irremediablemente hacia una realidad cambiante e inabarcable que la aturdía. Algo mareada, se alejó de la ventana y se tumbó en el sillón. Mientras respiraba profundamente y se retiraba el pelo de los ojos, los contornos de su cuerpo se empezaron a difuminar, su piel se fundió con su vestido y éste con la tela de los almohadones del sillón mientras el suelo se deshacía en una corriente de aire inconsistente. De pronto, comenzó a ser consciente de lo que ocurría en aquella habitación. Compartió el sufrimiento de aquella vieja silla a la que hacía algunos años había separado de una muy similar por una simple cuestión estética; entendió porqué aquella punta de la alfombra estaba siempre doblada y porqué su madre, retratada en aquel gran cuadro, la observaba de manera diferente cada vez que ella dirigía su mirada hacia allí. Compartió por un momento la radiante alegría que sentía el cenicero al ser vaciado de un buen montón de colillas y la satisfacción que experimentaba el televisor cuando podía pensar por sí mismo, sin repetir todas aquellas imágenes destinadas a distraer a los ojos transparentes por los que pasan, indiferentes, las escenas de guerra o amor que él transmite.
Entonces escuchó, muy débilmente, la conversación que mantenían dos libros que una vez, casualmente, ella había puesto juntos. Uno de cocina y otro de filosofía. Era una conversación en la que se alternaban ingredientes para hacer un arroz a banda con nombres como Platón o Heidegger. Era una conversación amena, entretenida, absurda. Mientras escuchaba esto, percibió el cariño con el que la butaca abrazaba al periódico del día que yacía abierto sobre ella. Era el mismo cariño que siente una abuela por un nieto a punto de morir. Ella llevaba muchos años en aquel lugar y sabía que el periódico, en pocas horas, sería un cadáver, algo sin sentido al que hay que eliminar en silencio, para que nadie sepa que cada segundo algo muere en algún sitio. Por eso trataba de abrazarlo y retenerlo, para no perder su presente, para que no pasara el tiempo, para que Cronos dejara por un instante de devorar a sus hijos sin interrupción.
Entonces, el olor del café que preparaba en la cocina la trasladó hasta aquel bar cochambroso en el que descubrió a la persona mas importante e interesante de su vida. La que durante unos años no había pertenecido a ninguna categoría, con la que había creído llegar a comprender la noción de inmortalidad y que, finalmente, quedó archivada en el peor de todos los cajones, el de la desilusión.
Había sido un lluvioso día de primavera en el que ella miraba, distraídamente, como las gotas de lluvia nacían en el borde superior de la ventana del bar, temblaban unos instantes y por fin se precipitaban describiendo trayectorias inverosímiles hasta desaparecer y fundirse en el elemento que las crea y las destruye, el dios de la lluvia, el agua. En ese momento, una mano se posó sobre su hombro y, al elevar su mirada descubrió unos ojos en los que vió reflejados todos sus pensamientos mientras una distancia imposible de estimar la separaba de ellos. Inmediatamente, sintió esa incontenible necesidad de medir esa distancia, de nadar hacia ese horizonte que según se intenta alcanzar, retrocede. Por eso, un instante antes de que él pudiera pronunciar una palabra, ella ya había sacado de su bolso, como por arte de magia, una cajetilla de Dunhill Extralight. Y fue esa increíble complicidad la que provocó en ellos una risa tan espontánea como sincronizada, una risa surgida de la victoria de la intuición sobre la razón y de la naturaleza sobre la civilización.
El era de Valladolid, había venido a trabajar a la ciudad y tenía unos ojos dulces que contrastaban extraordinariamente con la dureza de sus rasgos que a ella, sin embargo, le parecieron muy varoniles. También le contó que odiaba la lluvia y que al mes siguiente dejaría de fumar. Durante tres años todo sucedió al ritmo al que se consume un Dunhill Extralight. Se desea, se consigue, se enciende, se disfruta, se funde el aliento con el humo y, por fin, se le separa definitivamente de los labios, pequeño, arrugado y humeante, para abandonarlo en algún lugar al que nunca se volverá.
Recordando esto percibió como todo el salón compartía en silencio sus pensamientos y sentimientos. Los libros habían dejado de hablar, la butaca parecía emocionada mientras abrazaba fuertemente al diario del día, su madre desde el cuadro tenía un gesto mezcla de ternura y reproche autoritario y el teléfono la contemplaba en silencio. Todos los muebles del salón lo habían conocido a él y todos tenían su propia opinión, que iba desde el amor platónico e imposible de la lámpara de la mesita hasta los celos indignados del televisor que muchas veces les había visto hacer el amor enfrente de él mientras se esforzaba en anunciar detergentes, contar chistes o narrar historias estremecedoras.
De pronto, el teléfono se sobresaltó y comenzó a convulsionarse desperezándose a regañadientes, como si hubiese recibido una mala noticia durante la madrugada y le desagradara comunicarla inmediatamente. Pero su enfado hizo que su timbre fuera todavía mas insoportable que de costumbre, obligando a todos a prestarle atención y a ella a descolgar el auricular de la realidad que le decía:
- Buenas tardes señora, disculpe las molestias, pero estamos realizando una encuesta telefónica para averiguar las características ideales del mobiliario del hogar. ¿Sería tan amable de contestar a algunas preguntas, por favor?
- Claro, desde luego, contestó ella mecánicamente.
- ¿Podría decirnos entonces cuál de las siguientes características considera usted mas importantes? Comodidad, resistencia, estética, precio...
- Pues...... la verdad, dijo titubeando y sin pensar la respuesta, para mí, la única característica importante del mobiliario es la comprensión, ¿sabe?
- ¿Ha dicho....comprensión señora?
Sí, exacto, eso he dicho, comprensión repitió ella, sabiendo que estaba siendo clasificada en ese momento en la categoría de los locos o los bromistas, pero eso ya no le importaba. La tierra seguía su recorrido por el espacio alrededor del sol, había girado un poquito mas hacia el Este, a su corazón le quedaban cinco minutos menos por latir y el café, ya estaba listo.
GF Marzo 1991


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