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Campeones

Por Gabriel Fernández

El 25 de septiembre de 2005 Fernando Alonso alza los puños desde su monoplaza al lograr proclamarse Campeón del Mundo de F1 en Interlagos, Brasil.

El ser humano mas joven en conseguir dar el mayor numero de vueltas a mas velocidad que los demás durante un año, en distintos circuitos, y a bordo de un automóvil. Todas las cámaras le siguen. Es el numero 1. Millones de espectadores siguen pegados a sus pantallas de televisión. Su sueño se ha cumplido. Toda una vida dedicada a este deporte. Toda una vida soñando con este momento. Lagrimas, discusiones, difíciles decisiones, decepciones, esfuerzo, sacrificio, mas esfuerzo, mas sacrificio. Todo para ser el número 1 en esta disciplina. Toda su vida puesta al servicio de ser el mas rápido dando vueltas a un circuito y con el riesgo de perderla en cualquier curva. Ya es un héroe admirado por millones de personas en todo el mundo. Ha cruzado la meta en tercera posición y eso ha sido suficiente para ganar el campeonato del mundo a dos jornadas de su finalización.

Su sueño se ha cumplido pero, en sus primeras declaraciones, dice no darse cuenta de lo que ha logrado aunque salta y levanta los brazos continua y mecánicamente. Por un lado, está acostumbrado a celebrar triunfos con un ritual, pero este no es un triunfo mas, es EL TRIUNFO. Y sabe que tiene que hacer algo distinto, que tiene que estar más feliz, que tiene que demostrar esta alegría, pero no sabe cómo y se disculpa: “Quizá dentro de un rato, cuando esté en el hotel, pueda percibirlo”. “Es imposible poder decir lo que siento” es lo único que acierta a decir ante cientos de micrófonos, cámaras y grabadoras.

Todo el mundo espera que suceda algo, que hable el campeón, que diga algo espectacular. Pero el campeón ya lo ha dicho todo. Ya no hay diferencia entre él y cualquier persona que haya conseguido algo que pretendía. Fernando Alonso es único dando vueltas a un circuito en su monoplaza, pero su alegría no se diferencia de la del resto. Incluso, algunos de los miembros de su equipo parecen mas contentos.

A esta situación paradójica le sucederán celebraciones, fuegos artificiales que suplan la falta de expresividad del ser humano en estos momentos, canciones que si logren dar un pellizco al corazón de quien las escucha, burbujas y manjares, para que el cuerpo del campeón y de los que le acompañan estén saciados.

Pero lo mas importante ya no es lo que le pasa a Fernando Alonso como ser humano con su evidente limitación para expresar la alegría de forma distinta, beberse todas las botellas de champagne que se han abierto en su nombre o hacerle el amor a todas las mujeres que lo deseaban. Lo importante es que pertenece ya al mundo de los mitos y de los símbolos. Su nombre ya camina separado de su persona. Incluso su muerte reforzaría su inmortalidad. Esta es la verdadera recompensa a su esfuerzo, no es la alegría del instante en el que fue campeón, es comprar la inmortalidad para su nombre. Desterrados los dioses del olimpo y reducidos los modernos dioses a entelequias incomprensibles sin alma y sin cuerpo, el pueblo tiene que seguir soñando con la inmortalidad, con ser Fernando Alonso o con acercarse a él.

Casi un año después, el domingo 3 de septiembre de 2006 se repite la historia. Pero esta vez no es un triunfo individual, es el triunfo de un colectivo. La selección española de baloncesto se proclama campeona del mundo por delante de griegos, americanos y argentinos en Saitama, Japón. 12 jugadores han cumplido el sueño de encestar mas canastas que sus respectivos rivales durante todo el campeonato. Son los mejores del mundo. Su sueño se ha cumplido, y, de nuevo, se produce la disociación inicial entre quienes son y lo que se supone que deben ser o hacer. De nuevo faltan las palabras y muchos gestos de pretendida alegría parecen estúpidos o ridículos. Hacen lo que han visto hacer a otros en esos momentos o lo que han hecho siempre al celebrar una victoria, pero ¿Dónde está la diferencia?. La máxima expresión de alegría solo puede encontrarse en las lágrimas que afloran durante algunos segundos a los ojos de algunos jugadores.

Llorar, el idéntico acto de llorar, es la única expresión con la que nuestro cuerpo sabe expresar la máxima alegría o la máxima tristeza. De hecho, una vez que se ha comenzado a llorar el cerebro se confunde y no sabe si está alegre o triste. Algunas veces, cuando se llora, un sentimiento alegre lleva a otro triste y viceversa y no se puede parar de llorar. Y se llora cada vez más. Y se llora porque se llora y por no poder parar y por no poder llorar siempre. Pepu Hernández lo sabe bien. No sintió alegría ni pena, fue SENTIMIENTO en estado puro. Éxtasis. Confusión.

Pero 12 héroes son demasiados. Nuestra memoria es limitada y hay que elegir alguno que sea mas héroe, alguien que sea mas símbolo, alguien que llegue a ser mas inmortal...Y todos empiezan a pelear por eso, por estar mas contentos o por decir mas cosas o por llevarse el balón o las redes de las canastas a su casa. Por un lado quieren separarse de los demás, pero por otro se abrazan. Son un equipo y han aprendido a actuar como equipo. Pero da igual lo que hagan, la televisión y los medios como sintetizadores y canalizadores del sentimiento popular, van eligiendo al héroe, al mito, al mas alto, al mejor entre los mejores, al mas carismático, al que pasará a la eternidad por encima de los demás, aunque no jugara la final, o, precisamente, gracias a no jugarla.

Que difícil es ser el número uno, el mejor. Yo, por ejemplo, no soy el primero ni en salir del metro, (y eso que nadie compite...o si). Pero más difícil es llegar a ser el mas deseado y el mas admirado. Porque la inmortalidad con mayúsculas, en nuestros días, necesita una amplia base social. Solo se puede conseguir si eres el mejor en algo que la gente admira. Correr en un coche, meter canastas, jugar al fútbol, ser guapo o ganar mucho dinero. Éxito= dinero. Necesitamos referencias, símbolos, dioses. Ya hemos visto que algunas personas llegan a convertirse en ello. Las marcas quieren ser necesitadas. Las marcas pagan al mito para que él diga lo que hay que comprar o lo que hay que hacer (no olvidemos que ya ha dejado de ser una persona vulgar fuera de su disciplina). Es inmortal. Se cierra el círculo. Cuanto más mito, mas se paga por hacer lo que dice, vestir su camiseta o llevar su perfume.

Ser el mejor luthier del mundo, el que más horas dedica a los deshauciados o el que mas esfuerzo hace por poder estudiar, por ejemplo, no despiertan ningún interés. En el mejor de los casos, si llegan a demostrar que, además de carente de interés, son los mejores en algo completamente inútil, podrán figurar en libro Guiness o ganar algún concurso en EEUU. Por tanto, mira tu cuenta bancaria. Si tienes mucho dinero quizá estés en el camino de la inmortalidad. Si tienes poco, confórmate con seguir haciendo lo que te gusta. Al fin y al cabo, la satisfacción ante tus triunfos será igual a la de los grandes campeones justo en el momento anterior a convertirse en inmortales. Pero ellos pagaron un alto precio para conseguir esa inmortalidad. ¿Y tú?

GF. Septiembre 2006

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