Por Nacho Espinosa
"Resulta que nuestro irrenunciable compromiso
con las naciones americanas de nuestra lengua,
no es tanto representantes de la tradición política
y cultural europea que allí introdujimos,
sino en cuanto expertos históricos en autocracias
de espadón y milenarismos patrioteros".
Fernando Savater en Sobre Vivir
Entre Quito y Cuenca, y más allá por ambos extremos, se extiende el altiplano ecuatoriano; vacío, amplio, frío, algo sórdido y desolado, como una sauna vacía. A más de 3.000 de altitud, cuando ya se han dejado atrás bosques y ciudades, es fácil ver desde el confort de un 4x4 a mujeres de pollera paseando el ganado al borde de la carretera, a niños arreglando los baches de la pista a cambio de poco, o a adolescentes de sombreros blancos y faldas de colores con atillos a la espalda para acarrear a hijos o hermanos. Algo tiene la carencia de deambulante, pues he visto a esas mismas gentes, u otras igual de privadas, vagando por el desierto africano a cientos de kilómetros de algún destino posible. Y será porque uno es vitalmente gay, pero no puedo evitar pensar que uno de cada diez (o dos de cada catorce ¡qué más da!) de esas gentes con las que me cruzo es gay o lesbiana o cree haber nacido en un cuerpo que no le corresponde.
Leía camino de Ecuador Primera Plana, una historia del movimiento GLTB en España contada por sus protagonistas. Muchos de los que ahí relatan su historia parecen estar de acuerdo en que la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido un enorme éxito; coincido con ellos en que la conquista ha sido enorme, tan grande que tenemos la obligación de compartirla con los de nuestro entorno y allende. Y desde España nuestro entorno es amplio, pues por lazos históricos, geográficos, culturales, lingüísticos e institucionales estamos ligados a America Latina, al mundo árabe y a Europa.
Amistades peligrosas de la Fundación Triángulo me pidieron que mientras estaba en Quito me acercara y entrara en contacto con algunos grupos GLTB que ahí funcionan y les entregara algunos libros donados por la librería Berkana. El movimiento GLTBI de Ecuador (añaden la I de intersex) es complejo, diverso y no siempre bien avenido. Yo iba a Ecuador no de turista sino de visita, para estar más que para visitar, pero el encargo convirtió mi estancia en casi unos días de trabajo, aunque, eso sí, fascinante laborar.
En el año 1997 Ecuador declaró inconstitucional el artículo 516.1 de su código penal que consideraba la homosexualidad un delito. Al año siguiente se convirtió en el segundo país del mundo, después de Sudáfrica, en reconocer en su Constitución “a todas las personas los mismos derechos libertades y oportunidades sin discriminación en razón de su orientación sexual”.
El proceso fue, por supuesto, arduo, necesitó de valientes dispuestos a recibir palos, especialmente trans; tiene sus peculiaridades, pues estuvo muy ligado al movimiento indígena que afloró en los años 80; y todavía tiene muchos retos por delante. Pero Ecuador es avanzadilla entre los países andinos y otros países de América Latina en los que la homosexualidad es todavía ilegal y está penada. Sorprende como mucho de lo que queda por hacer en Ecuador son tareas pendientes también en España: Su población indígena, nuestra población gitana; la homosexualidad entre los ancianos; la prestación sanitaria a transexuales; la inmigración y emigración de población gay; atención a los trabajadores masculinos del sexo; y en definitiva la aceptación y normalización social.
Creo que desde España nuestra primera obligación es disfrutar de la normalización que hemos logrado (legal al menos). Sabernos afortunados. Saborear el éxito y ejercer el triunfo con visibilidad. Pero me gustaría no caer en la autocomplacencia. Creo que saberse privilegiado y el ser afortunado nos obliga a comprometernos con quienes no lo son. Mojar en la cama lo que se desee con quien se quiera, empaparse en la fiesta de la espuma o mojar los labios en espuma de cava en la boda de uno es, para mi, el primer paso del compromiso. El primer paso para luego mojarse, mojarse hasta mancharse porque nosotros podemos y otros no.
Primera Plana (que si no es el libro de texto en la asignatura de “educación para la ciudadanía” debería ser al menos de obligada lectura) presenta las muchas y muy diversos grados de participación ciudadana que existen. Es posible y legítimo no mojarse, pasar, no comprometerse. Pero soy de los que creen que los demás (gays y lesbianas del mundo) no son como nosotros, sino que somos nosotros mismos; la responsabilidad es, por tanto, con uno mismo.
Y hay mucho por hacer y en un muchos lugares. Yo (me) sigo preguntando ¿cómo es ser indígena y gay en los Andes? ¿cómo vive una lesbiana refugiada de Sudán o en Togo o en cualquier otro país de Africa? ¿dónde acude un trans en Arabia Saudita? ¿Cómo se sale de la cárcel tras 7 años en prisión en India o Sri Lanka cuando el motivo de la pena era ser gay o lesbiana? ¿cómo sale de copas un gay en Nicaragua a riesgo de ser encarcelado? ¿quién puede no gritar cuando se ahorca a adolescentes gays en Irán?
Nacho Espinosa Goded
Agosto de 2007