La alargada sombra de Goebbels, "el señor de las palabras"
Magnifico artículo de Ignacio del Valle sobre el horror del nazismo y su principal legado: la propaganda. Publicado en su blog El Marfil de la Torre
JOSEPH GOEBBELS, EL SEÑOR DE LAS PALABRAS
–Cuando yo empleo una palabra –declaró Tentetieso en tono desdeñoso–, significa lo que yo quiero que signifique.
–La cuestión está en saber –objetó Alicia–- si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión está en saber –insistió Tentetieso– quién manda aquí, si las palabras o yo.
Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró allí.
Lewis Carroll.

El mal siempre ha tenido corazón humano. Éste es un hecho que no por terrible, deja de ser redundante. Puede comprobarse en las fotos de Hitler con la prole de su sicario Goebbels, en una de aquellas jornadas familiares en las que al tío Adolf se le veía absolutamente abrumado ante la espontaneidad de los críos, bajo la mirada complacida y la sonrisa complaciente del padre. Ese hombre encantado es el mismo hombre que, en la fortaleza fastamagórica en que se convirtió el búnker de la Cancillería durante el asedio de Berlín, con los soldados rusos a doscientos metros de su entrada, decidió tras la muerte de Hitler que los seis niños les acompañaran a él y a su mujer, Magda, en un suicidio colectivo. El mismo hombre que, doce años antes, con la llegada de Hitler al poder, haría un pacto fáustico con la oscuridad, tomando las riendas del Ministerio de Intrucción Pública y Propaganda del III Reich, y afinando con tal eficacia un sistema de seducción, sugestión y manipulación de masas, que lograría –armado sobre el terror desencadenado por Himmler– que el pueblo alemán apoyara la persecución judía y siguiera creyendo, aun cercado por las bayonetas soviéticas, en los corrompidos poderes de la esvástica. Seremos recordados por la Historia como el máximo legado de todos los tiempos o como los criminales más terribles que el mundo haya conocido, ésas dicen que fueron sus últimas palabras. Ahora veremos por qué.
EL PEQUEÑO DOCTOR
Dime una frustración y ahí tendrás un objetivo. Si damos por buena la afirmación (y en la Historia encontramos ejemplos suficientes), no hay más que echar un vistazo a sus orígenes para comprender cuándo se implantó en él esa semilla de oscuridad cuya peculiar y sangrienta botánica afectaría de tal manera a su espíritu. Paul Joseph Goebbels nació en Rheydt, Renania, en 1897. Su familia, católica, pudo darle una educación universitaria –al contrario que la mayoría de los altos jerarcas nazis, que fueron autodidactas– gracias a unas becas diocesanas, estudiando en ocho universidades antes de graduarse en Heidelberg en 1921, y perfilando poco a poco ese arquetipo de nazi cultivado y, paradójicamente, capaz de los actos más terroríficos. Pese a todo, hasta el momento de su graduación la aguja de su destino aún temblaba en su guía, nada parecía indicar la pesadilla en la que se transformaría aquel sueño. Fue por entonces cuando el resentimiento se convirtió definitivamente en el mejor carburante que un hombre puede utilizar, como pontificó Hitler: en la Alemania desarbolada de la república de Weimar, un joven Joseph sin trabajo intenta abrirse camino como escritor, autor de teatro y articulista, fracasando por triplicado. Si a esto añadimos que era un tipo escuchimizado, que cojeaba debido a una deformidad de nacimiento en un pie, y que poseía un escaso atractivo físico, todo esto muy alejado del genotipo ario que años más tarde ensalzaría tanto, ya tenemos conformadas las obsesiones que terminarían por cartografiar su psique. Como decíamos, hay gente que para sobrevivir se aferra a la belleza, pero Goebbels hizo suya la máxima de su adorado Adolf Hitler: el odio es el combustible más estable.
HITLER, TE QUIERO
En los momentos de caos social, de anarquía y confusión extrema, la casualidad se erige en la reina y señora de la Historia, y es entonces cuando a un hombre le resulta tan fácil hundirse como encumbrarse. Goebbels fue de éstos últimos, encontrando su ascensor social en la figura de Gregor Strasser, que le hizo su secretario. Strasser era uno de los políticos que le disputarían en un principio a Hitler la jefatura del NSDAP (Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes), y curiosamente la mesiánica figura del futuro Führer no despertaría en Goebbels ninguna adhesión, considerándole un burgués muy a la derecha de sus iniciales querencias revolucionarias. Fue más tarde, cuando ambos cabecillas se separaron tras un borrascoso debate en Bamberg, en 1926, cuando Goebbels abrazó la alucinante y perversa cosmovisión de Hitler, esta vez con la adoración del converso, un fervor que le mantendría a su lado incluso cuando la derrota y la muerte les miraba ya cara a cara. La primera vez que leyó el Mein Kampf, Goebbels se preguntó: ¿quién es este hombre? Mitad plebeyo mitad dios. ¿El Cristo verdadero o sólo San Juan? Y más tarde, el 19 de abril de 1926, escribió: Adolf Hitler, te quiero. Dicha fe no tardaría en ser recompensada, siendo nombrado Gautelier (jefe de distrito) de Berlín.
Desde los primeros momentos, Goebbels demostró su convencimiento de que, en aquel siglo de masas, la propaganda era un intrumento esencial para el Estado en su propósito de control de los ciudadanos, y con tal fin creó el órgano de propaganda del partido, Der Angriff (El Ataque). Aquel fue el primer púlpito desde el que aplicó su refinada demagogia popularizando las ideas nazis. En la propaganda, como en el amor, todo es permitido para lograr el fin, escribía. No hay necesidad de dialogar con las masas, los eslogans son mucho más efectivos. Éstos actúan en las personas como lo hace el alcohol, escribía. Siendo un trabajador infatigable, empezó a laminar pacientemente la sociedad alemana, rellenando las grietas de sus razonamientos con una pasta de obsesiones y fanatismo, consciente de que, en determinadas circunstancias, los mitos tienen más capacidad de convicción que los hechos. Finalmente, en 1929, fue elegido diputado del Reichtstag. Sin embargo, su momento estelar aún estaba por llegar.


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