Mira que te mira Dios
Ayer tuve la suerte de aistir a la presentación del último libro de Ignacio del Valle, (Oviedo, 1971) "El tiempo de los emperadores extraños" en el Centro Cultural Español de Costa Rica, "El Farolito". Tras la presentación tuvimos la ocasión de charlar y compartir vino y canapés hablando de su libro y de una afición compartida, escribir en un blog. Prometió enviarme para el blog algo sobre el libro que os comparto. Os recomiendo también visitar su blog El Marfil de la torre en el que describe algunas de sus actividades en Costa Rica.
Frente de Leningrado. Enero de 1943. En medio del Hades helado que es el frente ruso, la División Azul se encuentra atrapada entre el martillo del Ejército rojo y el yunque de la Historia. Tras las fulminantes victorias del III Reich, demostrando que no había ejército capaz de parar a la Wehrmacht, había sido necesaria la intervención de la naturaleza -el general Invierno, en palabras de Stalin- para que los soldados alemanes quedasen paralizados entre la nieve que cubría el territorio infinito de Rusia. Y cuando el frío hizo acto de presencia, todo empezó a crujir, los hombres, las máquinas, las estrategias, el valor…
El tiempo de los emperadores extraños comienza con el hallazgo de un soldado degollado, enterrado hasta la cintura en medio de un lago helado, con una misteriosa frase grabada en el pecho MIRA QUE TE MIRA DIOS y rodeado de un fantástico cuadro de cabezas de caballos capturados por el frío en plena carrera.
El protagonista, el soldado Arturo Andrade, un tipo ordinario inmerso en unas circunstancias extraordinarias, con un truculento pasado en España, es quien recibirá el encargo de los mandos de ir desatando los nudos que le conducirán hacia unas latitudes donde los porqués irán cediendo su preponderancia, hasta perderse en una pesadilla que hundirá sus raíces en la esencia misma del ser humano -porque el mal es un viejo conocido, porque el mal tiene corazón humano-, un lugar desquiciado donde reina el vacío, el absurdo, el horror, es decir, los emperadores extraños. En esta labor será ayudado por el sargento Espinosa, un tipo que no deja de hacer muescas en la culata de su permanente mala hostia, haciendo su trabajo rodeados siempre por el paisaje eternamente blanco de Rusia -un personaje más de la novela-, por la helada y atávica caricia del frío, y por la esquelética amenaza del enemigo siempre latente sobre las posiciones españolas.
La novela es una reflexión sobre los totalitarismos de todo género, tanto políticos como religiosos. Profundiza en el sentido de la historia: el asesinato de los zares, la sangrienta utopía de la revolución rusa, la bárbara dialéctica de la guerra en Europa, la traición que significó el envío de la división a la inmensa trampa que fue la Unión Soviética.
Ignacio cuenta que, como dice uno de sus personajes, puedes sacar a un español de España, pero no a España de un español y que, aunque la mayoría de las situaciones pueden resultar surrealistas, la realidad es que la tragedia y el humor suelen ir por carriles paralelos y hay que procurar trascender en lo trivial y trivializar en lo trascendente. En su opinión, la temperatura exacta de una época no la dan sólo los grandes hechos y los personajes históricos, sino también los episodios pequeños, las personas anónimas; anécdota curiosas como las saunas que frecuentaban los soldados de la División o la del guripa que durante un permiso se va de paseo por Europa y la policía militar lo acaba deteniendo en Grecia, liado con la dueña de un bar, convivían a diario con los grandes ideales de la propaganda y los entierros de soldados.
Ignacio nos comenta también que la novela conecta perfectamente con la sociedad globalizada ya que su tema central es la aparición en la sociedad moderna de los emperadores extraños, una metáfora del vacío, de la no razón. La manipulación de la información, la ausencia de ideología, los antiguos héroes hoy entregados únicamente a cálculos estratégicos… El protagonista se enfrenta a todo ello y concluye que, finalmente, ante tanta muerte y olvido lo único que puede consolarle es morir con ilusión, convencido de sus gestos. Arturo no pide ser eterno, sólo ver que sus actos, con el tiempo, no pierden sentido. Enfin, una interesante propuesta de lectura amena para poner en cartera. Además, a pesar de su juventud, Ignacio ha publicado ya Cómo el amor no transformó el mundo El arte de matar dragones (premio Felipe Trigo), El abrazo del boxeador (premio Asturias Joven) y De donde vienen las olas (premio Salvador García Aguilar)


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