Arte sin papeles. Homenaje a los artistas de la calle
Por Giovanni Beluche V.
1 de agosto de 2009.
Este homenaje nació cuando conocí la historia del experimento realizado por Gene Weingarten que le valió un premio Pulitzer en 2008. Este periodista del Washington Post puso al gran músico Joshua Bell a tocar su Stradivarius de tres millones de dólares, en la estación L´Enfant Plaza del metro de la ciudad de Washington. Pasando desapercibida su verdadera identidad y como si fuera un músico callejero, Joshua tocó durante cuarenta y cinco minutos. La gente siguió de largo sin apreciar las interpretaciones que hacía uno de los más grandes violinistas de la actualidad. A partir del experimento se han dado diversas interpretaciones, muchas de ellas interesantes. A mí me impactó el hecho de que un sombrero en el suelo para juntar monedas, descalificara de antemano al artista.
Esta historia es interesante y conmovedora. Desgraciadamente el capitalismo tiende a convertir el arte en mercancía, extendiendo el prejuicio de que lo bueno sólo se consume en los grandes teatros y carísimas galerías. Ciertamente grandes obras de arte se comercializan en cifras astronómicas en galerías y subastas, las cuales van a parar a la colección privada de unos pocos burgueses de buen gusto o simples esnobistas con dinero. En vez de colgarse en los museos, exhibirse en parques y edificios públicos, donde el ciudadano de a pie pueda disfrutar y maravillarse, las obras se privatizan para el goce de quien puede pagarlo. Un Dalí es para los ricos, para el pueblo el Cow Parade.
Por fortuna, las nuevas generaciones están produciendo formas de interacción entre los llamados artistas de la calle y circo callejero con el público amplio y popular. Me encanta verlos en las marchas, con sus disfraces, maquillajes, zancos, instrumentos y malabares. Interactúan en los barrios y los pueblos, hacen grafitis, suenan sus tambores con ritmos pegajosos, pintan mariposas en las caritas de los niños, dibujan flores en el inocente rostro de las niñas, estimulando el amor por una naturaleza invadida por desechos industriales y construcciones de lujo. Los cuentacuentos dejan boquiabiertos a grandes y chicos con sus historias, llenas de amor por lo sencillo y la abundante candidez en que convive lo real con lo fantástico. Caminan en zancos revelando lo grande que puede ser la humanidad cuando rinde tributo a lo simple, cuando entrelaza presente, pasado y futuro, cuando pone la virtud por delante del dinero.
Son artistas de verdad, en esos hombres y mujeres se materializa aquello de “trabajar por amor al arte”. Su vínculo con el público no empieza en la boletería, apenas un sombrero en el piso nos recuerda que también necesitan comer como cualquiera. Que cada quien aporte según sus posibilidades, pero a nadie le niegan el acceso al espectáculo. En la calle no hay galerías privadas, ni balcones para que la señorona almidonada no se junte con los pobres, ni palcos acolchonados para acomodar al mejor postor. Niños y niñas ocupan los sitios de privilegio, chicos y adultos se sientan en la acera, en el piso del gimnasio de la escuela, en la dura calle donde circulan cada día hacia sus estudios y trabajos.
A los artistas de la calle se les ve en las protestas anti globalización, acompañando a las comunidades que exigen el derecho al agua, en las marchas contra la guerra, en las movilizaciones contra los gorilas golpistas de Honduras. Tienen el corazón lleno de una solidaridad desbordante con los humildes y un profundo cariño hacia la naturaleza, se presentan en escuelas, hospitales y comunidades, nos llenan de esperanzas porque comparten el sueño de que otro mundo es posible. De ahora en adelante, cuando los encuentres en una esquina o aprovechando la luz roja del semáforo para deleitarte con sus malabarismos, te invito a verlos como amigos. No tienen teatros propios con paredes y butacas, pero su escenario habita en los corazones de los humildes y en las sonrisas de los niños y las niñas. Gracias artistas de la calle.


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