Miguel Albero, Consejero Cultural y Encargado de Asuntos Consulares de la Embajada de España en Costa Rica, autor del agudo y ameno libro Principiantes, compañero de dobles en tenis y amigo en territorio tico, nos regala un avance de lo que será su nuevo libro, Cruces, que esperamos edite pronto en la coqueta editorial de otro amigo común. Que lo disfruteis!
Pensar es elegir la soledad
Los veinte años que en la vida de un hombre transcurren entre los quince y los treinta y cinco son aquéllos en los que la persona se forja un destino, si es que no quiere que la inercia le procure uno sin necesidad de tomar decisiones. En ese periodo y no en otro, Walter Rogers pasó de ser un adolescente sin granos a dirigir la mayor red de narcotráfico del medio oeste, Homero Antúnez convirtió el colmado de su padre en un imperio del supermercado, Lilita Fonseca tuvo doce hijos varones. Fue en esos años, tampoco en otros, cuando Nicasio Lamadrid construyó desde la nada el imponente edificio de su pensamiento, con la inquebrantable voluntad del que sabe estar cavilando para la Historia. Un caracol contempla desde su realidad detenida en el tallo de una planta muy verde la pelea entre dos hormigas por algo blanco que es una miga de una miga de pan.
El caracol no entiende la disputa entre dos ejemplares de una misma especie, pues la finalidad es llevar esa miga al hormiguero, ninguna de las dos va a comérsela, es casi más grande que ellas. Tras reflexionar un largo rato, sin variar su posición en el tallo ni dejar de contemplar el combate, el caracol deduce que la única explicación a ese comportamiento es la existencia de un código interno que desconoce, puede que haya un sistema de premios y castigos en función de lo aportado al hormiguero, con días de vacaciones o rebajas de sueldo, cruceros en el Caribe o despidos procedentes.
La tradición filosófica occidental se nutre de pensadores que trataron de crear un sistema, un modelo de reflexión que abarcara el mundo, que respondiera a cada una de las grandes preguntas, dejándonos a menudo una obra copiosa y oscura que la posteridad tiene la obligación de descifrar. Instalado en la modernidad minimalista que le tocaba vivir, Nicasio Lamadrid obró en sentido contrario, y aplicando la máxima que reza menos es más, quiso destilar la esencia de las cosas en una sola frase, una que resumiera en su rotundidad los misterios de la vida.
Otro día el mismo caracol reflexivo está contemplando desde una pared de cal la lucha sin cuartel de dos buitres por un pedazo de carne muerta, un espectáculo de ruido, ansiedad y sangre coagulada. Pero aquí el matiz hace que el caracol sí entienda cuanto ocurre, porque los buitres no pelean en realidad entre ellos, tan sólo luchan contra su capacidad de ingesta, con una ansiedad que hace del festín una disputa. Y esta vez no es preciso pensar en algún código secreto que los induzca a obrar así, lo visto puede explicarse con la razón misma, son dos que comen, uno solo el pedazo de carne, y como carecen de un útil para dividir en dos el menú, o te apresuras en comerte tu parte o el otro lo hará por ti, o si prefieres tu parte terminará siendo mucho más pequeña de lo que pensabas.
El día de su treinta y cinco cumpleaños, semanas después de que Walter Rogers fuera abatido por la policía en una espectacular redada, Homero Antúnez vendiera a una multinacional su imperio con carritos y Lilita Fonseca abandonara a su familia camino de ninguna parte, Nicasio creyó llegado el momento de poner la última piedra de su monumental obra, y anunció en el transcurso de la cena familiar que estaba en disposición de transmitirles el resultado de tantos años de trabajo. Nada tiene sentido, es la frase que finalmente y con sólo tres voces condensaba su tarea, tras descartar aproximaciones menos exactas como Nada carece del menor sentido, La vida no tiene explicación, o A quién le importa la existencia de Dios cuando no tengo qué llevarme a la boca, descartada esta última por su excesiva longitud y un cierto pataleo inoperante. Ay Nicasio, a ver cuando te buscas un trabajo, fue el único comentario de su padre, cumpliéndose una vez más la tradición de que los grandes genios suelen pasar desapercibidos para sus contemporáneos, pues son en definitiva adelantados a su tiempo, prefijos de lo porvenir. Así le ocurre al caracol, sus inteligentes apreciaciones, surgidas de la observación de su entrono, no son comprendidas por nadie, nadie las escucha, sobre todo porque los otros ejemplares de su especie son tan sordos como él, y todavía no le ha sido dado el poder hablar el lenguaje de las flores, el suave dialecto de las alondras que lo tienen además por alimento.