FLOTADOR
Siempre ha ocurrido de la misma forma: lo intento, no lo consigo, alguien me salva.
Debía de tener cinco o seis años. Debía ser agosto. Era una mañana muy calurosa en Mojácar. Estábamos en la terraza de un hotel. Mi hermana y yo nos habíamos tirado a la piscina acompañados de nuestros flotadores. LLavábamos ya algún tiempo desplazándonos de un lado al otro de la piscina bien agarrados a nuestros clásicos "roscos". La piscina era profunda.
Después de un tiempo haciendo lo mismo, uno inventa. Después de un tiempo en el que el anunciado peligro no se concreta, uno pierde el miedo. En un instante, mi hermana levantó los brazos y se quedó flotando en el agua como por arte de magia. La imágen me deslumbró.
Tenía miedo, pero algo me decía que debía imitar aquél gesto valiente y desafiante. Sin pensar mucho, me solté del flotador y alcé los brazos. Inmediatamente, comencé a hundirme. Primero ví el flotador que quedaba en la superficie del agua mientras yo descendía. Luego, vi burbujas que subían desde mi nariz. Me pareció que la profundidad era infinita y aún no entendía porqué no me había quedado flotando sobre el agua, como mi hermana.
Instintivamente, agité violentamente los brazos con el fin de agarrarme a un flotador cercano. El niño que flotaba sobre él, remó hacia atrás alejándose de mí, dándome patadas. Se protegía. Volví a ver las burbujas que subían, ya sin fuerzas. Vagamente, pensé en la muerte.
De pronto, noté que mis pies tocaban algo sólido. Al poco, emergí a la superficie y respiré. A mi lado, un hombre de aspecto extranjero me sostenía en sus brazos. En el agua, flotaban sus zapatillas, cerca de mi flotador, vacío.
Me sacó del agua. Mi madre venía corriendo. Me abrazó temblando y me dijo que le diera las gracias al señor, que me había salvado la vida.
Aunque en aquél momento no podía saberlo, aquél episodio marcó mi vida. Por un lado, las cosas no me saldrían nunca como yo quería, pero, por otro, la suerte estaría de mi lado.
Y así sucede siempre. Cuanto más intento algo, menos lo consigo. Cuanto mas corro, menos avanzo. Cuanto mejor quiero hacerlo, mas lo estropeo. Pero, de pronto, aparece alguien, ocurre algo que, misteriosamente, me da lo que quería. Sin esfuerzo, sin merecimiento, sin complicaciones.
Y así camino, entre la permanente frustración personal y el asombrado agradecimiento a todos aquellos que me han ido salvando de cada uno de mis continuos fracasos.
Y unos días me pregunto si la suerte vendrá si no lo intento, si simplemente la espero. Otros días me pregunto si algún día mereceré lo que tengo. Otros, tengo miedo a perder la suerte.
Y sigo intentándolo, capaz de todo, seguro de nada. Levantando los brazos, abandonando el flotador, confiando en tí.
GF Madrid. Marzo 2010


Meneame
del.icio.us
Paseo por la calle Florida. Como siempre que estoy en Buenos Aires. Para ver el flujo de vida que sube y que baja. Me quedo ante un escaparate. No recuerdo lo que busco. A mi lado, un hombre mayor, de mirada agotada. Me tiende la mano. Junta los dedos y los acerca a la
I. Y después?