Por Campanilla
Todos los días, al ir por la carretera a la Uruca, el camino que te lleva a todas partes en San José, al parar en el semáforo en el que siempre hay que parar, ahí estás siempre, niño perdido.
Pequeño, medio cojo, no sé si porque verdaderamente lo eres o porque de tanto hacértelo ya no puedes evitar cojear. Con tu pelo negro y totalmente despeinado, nido de microscópicos habitantes indeseados en tu pequeña cabeza, niño perdido.
Cabeza que encierra ese todavía inmaduro cerebro del que nada se, y que me imagino que ni tu sabes lo que piensa, si es que alguna vez piensa en algo más que en la miserable y triste vida que te ha tocado vivir o morir poco a poco. Y veo tus ojos enrojecidos, secos porque las lágrimas ya no salen, se han terminado. Ya no puedes llorar más, para qué. Las lágrimas muchas veces, no siempre, salen para llamar la atención pero, cuando no la llaman, prefieren no salir, niño perdido.
El otro día me fijé en tu nariz, me fijé de reojo. Mejor dicho, te miré de reojo, porque sinceramente no me atrevo a mirarte fijamente, es una mezcla entre dolor, angustia, impotencia, vergüenza y remordimiento. Un remordimiento que no me deja bajar la ventanilla y enfrentarme a ti. Esa naricilla que si hubieras nacido en una familia acomodada, sería la causante de muchos de los piropos que podrías haber escuchado en tu vida. Pero al tener la desgracia de haber sido concebido en un ambiente miserable, donde reina la pobreza, el sufrimiento, la soledad y la desesperación, se convierte en algo banal e invisible.
¿Sabes una cosa?, yo no es que me preocupe por ti, pero hay algo dentro de mí que se remueve cada vez que te veo jugándote la vida entre los coches para conseguir algunos colones o algo de comida, como te ha dado un señor de una furgoneta esta mañana. Lo has cogido, aunque no muy contento, la verdad. Hubieras preferido dinero, claro. Dinero seguramente para dárselo a tu madre, palabra que no se lo que significará para ti, ni para ella la palabra hijo, quizá sólo seais una carga o una maldición el uno para el otro, junto a muchos otros con los que también teneis que repartiros la miseria que conseguís cada día en vuestro sucio mundo. A ella también se le fue el amor y las ganas de luchar junto a las lágrimas que ya tampoco le salen de tanto llorar, de tanto pedirle a Dios que se la lleve de aquí, donde sea, donde quiera que vaya cuando todo esto acabe, no será peor.
Y como te decía, algo se remueve por dentro cuando te veo día a día, jugándote la vida entre la marabunta de coches que te pasan rozando sin ningún tipo de remordimiento. Es más el problema que uno se busca con su conciencia que lo que significaría que un día algún coche sin darse cuenta, o dándosela, terminara con el infierno que te ha tocado vivir, niño perdido.
¿Qué pasaría entonces?, sería una desgracia, la gente se echaría las manos a la cabeza. Habría incluso gente que te ve todos los días, como yo, que derramaría alguna que otra lagrimilla. Porque sí, a nosotros, a la gente de vida fácil, sí nos salen las lágrimas, y tenemos la suerte que siguen con nosotros para llamar la atención y acallar nuestras conciencias. Fíjate! pobrecilla la chica esa, como se emocionó cuando vió al niño volando por los aires atropellado por un coche que venía algo más rápido de lo normal y se saltó el semáforo, diría la gente que me viera parada delante de tu cuerpecillo sucio, tullido y tranquilo, por fin tranquilo. Algo que no habías estado desde que tu madre te engendró.
Porque ella nunca te dejó tranquilo, esas descargas de ira, tristeza, ansiedad, esas sustancias que a falta de una buena alimentación corrían por su cuerpo alimentando tus células, todo eso desde el primer momento que tu vida empezó a brotar ha sido lo que no te ha dejado tranquilo nunca. Bueno sí, aunque no del todo, cuando te perdías en los vapores de ese tu mejor aliado, la cola, el pegamento, el crack (si alguien te invitaba), te sumía en una tranquilidad intranquila hasta la mañana siguiente, con la que podías combatir el frío, el miedo y la tristeza de tu existencia.
¿Qué pasaría entonces, niño perdido?, ¿qué pasaría si de la noche a la mañana desaparecieras del paisaje fugaz de nuestras vidas en la selva de asfalto?. Nada, no pasaría nada. Después de un pequeño desasosiego momentáneo causado por el espanto del momento, te borrarías de nuestras mentes para siempre. Es más, serías un estorbo menos en nuestras conciencias, quedaríamos liberados de la carga de tu presencia diaria, de ese desasosiego pasajero. Nos despediríamos para siempre de esa mirada suplicante, implorante, de esa mirada de niño, de niño de nadie.