Dios es grande
Por Gabriel Fernández
Desde que llegué a Costa Rica todo ha parecido ser mas facil de lo que pensaba. Todo menos una cosa: el coche. Tras algún tiempo sin decidirme a comprar uno para utilizarlo solamente durante un año, algo cansado de tomar taxis y de la extrañeza de todos con los que hablaba, opté por comprar un coche de segunda mano. Un Nissan Pathfinder del 97. A pesar de los kilometros que el coche tenia a sus espaldas deambulando por pesimas carreteras, la marca me pareció de ocnfianza y quienes me lo vendieron, también. Desde ese momento, los problemas relacionados con el bendito vehiculo se han multiplicado, estableciéndose entre el y yo una extraña relación de amor (necesidad) y odio.
Tras cambiarle las ruedas delanteras conpletamente gastadas, la aguja del radiador empezó a obligarme a rellenarlo con cada vez mayor frecuencia hasta que el motor dijo basta cuando me dirigía a juugar un partido de tenis, un domingo, en un lugar al otro extremo de la ciudad. Tras mas de una semana en el taller y mil dolares de factura, pensé que el coche debia estar como nuevo, así que emprendimos un viaje a la costa de Guanacaste, la familia al completo.
El viaje fue bueno y mas corto de lo esperado (unas 5 horas). Al llegar al hotel, me puse a revisar los correos y leer las ultimas noticias de periodicos españoles y costaricenses. Me detuve en un artículo aparecido en el Diario La Nación sobre la Madre Teresa. Al parecer, el padre Brian Kolodiejchuk, postulador ante el Vaticano de la causa para la canonización de la fundadora de las Misioneras de la Caridad ha recopilado y comentado un sinnúmero de misivas que la beata escribió a sus directores espirituales y al arzobispo de Calcuta, publicándolo en el libro "Madre Teresa: ven y sé mi luz". "Si un día me vuelvo santa, seré una santa de la oscuridad. Estaré ausente del cielo prendiendo una luz para los que están en la Tierra en la oscuridad." Esta oración de Gonxha Agnes Bojaxhiu, conocida en todo el mundo como Madre Teresa de Calcuta, inspiró el título del libro en el que se describen sus dudas y vacío espiritual.
El padre Brian tenía 21 años cuando conoció a la Madre Teresa. Es canadiense y fue uno de los primeros sacerdotes de la orden de Padres Misioneros de la Caridad, fundada por la religiosa. Recopilando información sobre la religiosa para argumentar su canonización encontró estas cartas hasta el momento desconocidas y que ahora se publican en contra de la voluntad de la religiosa que expresó su deseo de que fueran destruidas tras su muerte.
Según el texto, que será traducido al español en Noviembre, el misionero relata que tras "escuchar" en varias ocasiones la voz de Jesús y tener al menos tres visiones interiores (una de ellas de Jesús en la cruz y María a su lado) la madre Teresa sufrió experiencias de vacío y oscuridad espiritual que, por lo que se conoce hasta ahora, se habrían prolongado hasta su muerte. Así, la beata escribió en una ocasión "… yo llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, no, nadie. Sola, ¿dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío y oscuridad, mi Dios, qué desgarrador es este insospechado dolor, no tengo fe … Si hay Dios, por favor, perdóname …" Al parecer, estas experiencias no sorprenden a los que conocen la vida de los grandes santos, porque muchos de ellos atraviesan por lo que San Juan de la Cruz denominó "noche oscura" en la fe. Incluso Benedicto XVI se ha referido a esto ultimamente, declarando que "Ella también sufrió el silencio de Dios" y manifestando haber sentido algo parecido cuando visitó los campos de exterminio nazis (¿Cómo podía permitir eso Dios?.
Ese día me acosté recordando la angustia que me produce la nada y el concepto del vacio absoluto y de la vida sin ningun sentido mas allá de vivirla. Al dia siguiente, domingo,llovía desperadamente y decidimos hacer una excursión a otras playas de Guanacaste y explorar un poco la zona en coche. El agua habia estropeado aun mas los caminos de tierra y el coche no paró de dar saltos hasta que salimos a la carretera principal. Una vez allí noté que no frenaba bien y que el eje delantero hacia ruidos bastante extraños. Seguí el camino algo preocupado y probando los frenos a cada instante. Llegados a la ciudad de Nicoya, transitando por estrechas calles el sonido era demasiado llamativo, así que paré el coche en el arcén de un garaje para ver que ocurría.
De pronto, un hombre muy delgado, mal vestido, despeinado y con los ojos algo rojos, se me acercó a la ventanilla y me dijo: "le suena una chapita que va en la rueda y que si se cae, el carro pierde el liquido de frenos". Yo no sabía que pensar. Creí que el hombre nos iba a pedir dinero, pero lo que decía parecía tener sentido. Sin tener demasiado tiempo para reaccionar, el tipo se metió debajo del coche y me dijo que le diera la cruceta y el gato. Todavía no habia salido de mi estupor cuando ya habia desmontado la rueda y me llamaba. Enseñándome una pieza suelta que hay detrás de la rueda me dijo: "Dios es grande. LLeva esta pieza suelta que es lo que hace frenar al carro. Usted pasaba por aqui y yo sé de esto. Si hubieran continuado se hubieran salido en una curva, ya que las cuestas son muy fuertes a partir de aqui. Dios es grande".
Yo ya no sabía que pensar ni qyue decir, asi que obedecí a todo lo que me dijo el tipo para apretar dos tornillos que no se de donde sacó a lo que se habia soltado. Poco tiempo después me montó la rueda y me dijo: "Ya puede continuar pero mañana vaya a un taller. Dios es grande. Usted tenia un problema muy grande, hoy es domingo y yo estaba aqui y sé de esto...". Me pidió el equivalente a 20 dolares y le di 30, mientras nos deseaba buen viaje y me miraba como si me conociera de toda la vida.
Aún hoy, sigo confundido con esta experiencia. Tras arreglar un coche en un buen taller con mecánicos uniformados y pagar 1.000 dólares, un vagabundo me salva la vida apretando dos tuercas y cobrandome 20 dólares. Tras leer que la Madre Teresa había perdido la fe, el hobrecillo de Nicoya se muestra convencido de que Dios es grande...¿Es todo mera casualidad o todo pasa por algo?


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Por Gabriel Fernández