El férreo círculo de la pobreza
Hace mas de 20 años mi padre comenzó a trabajar cmomo técnico en la Agencia Española de Cooperación, hoy AECID. Poco tiempo después escribió este artículo referido al continente africano. Algo mas tarde abandonó el sector de la cooperación, considerándolo una misión imposible.
20 años después, tras miles y miles de millones dedicados a la llamada Ayuda Oficial al Desarrollo, la situación sigue siendo la misma...o peor...
Por Antonio Fernández (1991)
Si una sociedad libre es incapaz de ayudar a la mayoría pobre, será también incapaz de salvar a la minoría rica, vino a decir el Presidente Kennedy en su discurso de toma de posesión el 20 de enero de 1961. Y no resulta mala introducción para fundamentar la cooperación para el desarrollo.
La situación socio-económica actual de Africa es, con muy pocas excepciones; globalmente preocupante. Después de varias décadas de formulación de muy sesudas estrategias para su desarrollo, por parte de todos los foros internacionales, regionales o gubernamentales, los informes más recientes son, sencillamente, desesperanzadores. Todos reconocen el fracaso de las políticas de cooperación y ayuda al desarrollo, llevadas a cabo sistemáticamente por las Organizaciones y países donantes, para elevar siquiera mínimamente los niveles de producto bruto anual por habitante de este inmenso y desconocido Continente.
El contenido del último informe de la Comisión Económica para Africa, de las Naciones Unidas, es concluyente: el africano medio continúa empobreciéndose desde hace doce años, lo que explica una continua huida de capitales y fuga de cerebros. Las tasas de variación de la renta per capita han continuado siendo negativas, puesto que el crecimiento económico continental es inferior al incremento demográfico, que oscila entre el 3 y el 3,2% anual. Ha aumentado también el ritmo de inflación y el desempleo, persistiendo una carencia de medios básicos para atender las necesidades vitales.
El número de países africanos clasificados entre los menos desarrollados del mundo ha subido a 29 en 1990, con la inclusión de Liberia en esta relación. Además de las luchas civiles que persisten hace varios años en Etiopía, Sudán, Mozambique y Angola, en 1990 se han producido graves conflictos en Liberia, Chad, Ruanda y Somalia. La deuda exterior africana ha registrado en 1990 un nuevo incremento de 4,7%, hasta alcanzar los 272.000 millones de US dólares, cifra equivalente al Producto Interior Bruto global de la región, y que representa más del triple del valor de sus exportaciones de bienes y servicios. Los intereses a satisfacer por esta deuda externa son también muy elevados, y representa su monto el 34% del valor de lo exportado en 1990. Más de una tercer parte de Africa está amenazada por la desertificación: cada año se tornan improductivas entre 5 y 7 millones de hectáreas. A pesar de las favorables condiciones climatológicas de los tres últimos años, que han permitido un crecimiento sostenido de la producción de alimentos, la tasa global de autosuficiencia alimentaria de Africa en desarrollo alcanza solo el 81%, frente al 85% registrado en 1983, lo que determinó en 1990 unas importaciones de casi 16 millones de toneladas de cereales, para completar una producción interna próxima a los 77 millones de toneladas. El comercio exterior de bienes y servicios, en 1990 registró un déficit de 8.000 millones de US dólares.
No creo necesario continuar con esta serie de indicadores negativos para convencer al amable lector de que algo importante ha venido fallando en la concepción o en la aplicación de las políticas de cooperación y ayuda a las, en su mayoría, jóvenes naciones africanas. Ni las aportaciones regulares del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE, ni la reposición de recursos en Organismos financieros internacionales –IDA, BAfD, FIDA, etc….. ni los acuerdos de cofinanciación del Banco Mundial con donantes bilaterales, ni las cuatro Convenciones de Lomé establecidas entre la CEE y los países ACP, ni los programas especiales de las Agencias de las Naciones Unidas – FAO, PNUD, PMA, etc…. ni las facilidades del FMI para reforzar las políticas de ajuste estructural, ni el Club del Sahel, ni las variadas iniciativas para reducir, reescalonar o anular la cuantiosa deuda externa acumulada- Plan Brady, Club de París, Cumbre de Toronto, etc…. ni la actividad de los numerosos organismos regionales africanos- CILSS, IGADD, SADCC, etc…. ni la meritoria labor desempeñada a nivel local por la ONG’s, han conseguido invertir el fenómeno de empobrecimiento progresivo, en términos absolutos, de los habitantes de este Continente.
Resulta penoso percatarse de la magnitud de este problema, sin conocer igualmente las fórmulas para resolverlo. A veces le asalta a uno el pensamiento de que ni los gobiernos, ni los funcionarios, ni casi nadie, sabe lo que realmente está ocurriendo; que se dedican simplemente a actuar en función de circunstancias coyunturales, insuficientemente conocidas, y parcialmente analizadas, siempre en defensa de unas convenciones dictadas por lo que consideran sus intereses nacionales, de clase, o personales; sabido es que bastantes políticos, economistas, sociólogos y profesionales del desarrollo, son notoriamente hábiles para descartar, por principio, las hipótesis de trabajo que no les convienen.
Lo que parece fuera de duda es que el problema de Africa es un problema de pobreza masiva y recurrente. Pero, ¿en qué consiste la pobreza?. Resulta difícil establecerlo, porque la pobreza no se define intelectualmente, sino que corresponde más bien a una percepción a nivel de los sentidos. Sostenía ya Galbraith en 1979, y me parece oportuno recordarlo hoy ante la insuficiencia de otros enfoques, que la pobreza masiva no puede explicarse ni definirse básicamente por ciertas carencias, sean estas de capital o de tecnología, ni tampoco como consecuencia de determinados sistemas políticos o sociales. Concepciones de tal naturaleza, afirmaba, no hacen sino proyectar sobre los países pobres los apriorismos de los países ricos; parecería como si, una vez más, el remedio disponible condicionase el diagnóstico: poseemos vacuna antivariólica, luego el enfermo debe tener viruela.
La mayoría de las explicaciones sobre la pobreza avanzadas hasta ahora suelen consistir en argumentos circulares, donde causa y efecto pueden intercambiarse. Decir que ciertos pueblos son pobres porque no tienen capital para desarrollarse, resulta tan insuficiente como decir que no tienen capital para desarrollarse, porque son pobres. Está fuera de duda que la relación entre recursos naturales de un territorio y riqueza actual de sus habitantes, es algo tan aleatorio y fluctuantes que aparece desprovisto de significado. Decir que la miseria de los países pobres es la contrapartida natural de que otros países sean ricos, comporta una simetría seductora, pero también engañosa. La desgracia de ser explotado por capitalistas no es nada, comparada con la de no ser explotado en absoluto, alegaba Robinson, no sin cierto humor negro.
La pobreza masiva de una determinada comunidad sería un estado de equilibrio, que tendería inexorablemente a perpetuarse en una especie de círculo de hierro, vicioso necesariamente desde el punto de vista de la justicia distributiva. Toda la filosofía del desarrollo estriba en romper este “círculo vicioso”, transformándolo, según otro símil geométrico, en una “espiral virtuosa”, reflejo de un proceso autoalimentado en el que cada voluta signifique acceso a mayores cotas de bienestar social.
Será preciso encontrar nuevas fórmulas para contrarrestar el sentimiento de acomodación a la pobreza entre las colectividades que la sufren. Porque toda innovación técnica lleva implícito cierto riesgo de fracaso, mucho más grave para el agricultor, por ejemplo, que para el experto que la aconseja; para una familia que vive en niveles de subsistencia, este fracaso significa el hambre, y tal vez algo peor. De ahí que se expliquen racionalmente actitudes inmovilistas entre los muy pobres, una vez que han logrado encontrar una vía –por elemental que sea- para sobrevivir. Pero tal acomodación no es, afortunadamente, total: hay siempre una minoría que trata de librarse de este equilibrio miserable. Y algunas veces lo ha conseguido, como enseña la Historia, iniciándose en tal o cual pueblo la espiral imparable del progreso.
La diversidad de resultados obtenidos por los países en desarrollo durante la década de los ochenta ha puesto en evidencia la importancia de las políticas seguidas por cada uno de ellos en este proceso. Los gobiernos de las naciones africanas tienen la responsabilidad histórica de fomentar entres sus pueblos y etnias una política decidida de valorización de los recursos humanos, de participación popular en el proceso de desarrollo, de democratización institucional y pluralismo político, en suma; y no solo porque ello responde a criterios de ortodoxia internacional al uso, sino porque posibilitaría la emergencia de determinadas masas críticas inconformistas, cuyo sentimiento de acomodación se trasmutaría en espíritu de progreso. Y solo bajo estos supuestos, estarían estos pueblos en condiciones, a medio y largo plazo, de mejorar sus prestaciones políticas, aumentar sus niveles de solvencia y poner fin a tensiones y conflictos internos.
He aquí una vía sugestiva para encauzar prioritariamente la solidaridad de ayuda de la comunidad internacional, hacia políticas de cooperación que resulten más eficaces en los próximos años.
Antonio Fernández y González
Doctor Ingeniero Agrónomo


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