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Archivo: Agosto 2009

Niebla

amigosdepeter 26/08/2009 @ 23:08

Por Gracia Diaz-Telenti como comentario al artículo Lucidez

Unamuno (1864-1936) sintió a lo largo de su vida un anhelo, una poderosa pasión, un ansia inexplicable de eternidad. Nada (1914) contiene intensas formulaciones de este tipo y arranca de la realidad de un “hombre de carne y hueso”: Augusto Pérez, que se nos presenta, en un principio, como un contemplativo, como un ser que considera que tomar posesión de las cosas usándolas es degradarlas y degradarnos, al mismo tiempo, con ellas:

“Es una desgracia eso de tener que servirse uno de las cosas -pensó Augusto-; tener que usarlas... La función más noble de los objetos es la de ser contemplados... Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males.”

Pues bien, esta criatura -de la que Don Miguel nos dice que es un “paseante de la vida” (pese a lo que algunos críticos han querido ver, o efectivamente han visto) es un ser que alberga en su interior más profundo, dudas de un carácter existencial indiscutible y desde un principio. Que los demás no lo reconozcan no es óbice para anular la fuerza cósmica de un ser que duda. Augusto duda del valor del trabajo como expectativa final de todo ser humano que no quiera ser tachado de vago y se decanta por el ‘pensar’ que socialmente no está muy bien considerado. Todo lo cual le crea un conflicto: se debate entre el absurdo de no saber qué es lo que se espera de los seres humanos y la agonía de intentarlo, aún a costa de sentirse, las más de las veces: irreal, nebuloso, como de puro cuento. Augusto es un “ser pensante” que pone en solfa la frenética actividad humana, pues en ella ve sólo un modo y un medio del que los hombres se sirven para huir de sí mismos, para no pensar, lo que indudablemente daría mucho más trabajo. Y nos lo dice bien claro:

“¡No yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento... Porque, vamos a ver, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago?... ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía!.”

Y efectivamente, con su imaginativo pensar, irá ensanchando sus preguntas poco claras, oscurecidas por vertiginosas nieblas interiores, hasta llegar a la bien articulada y dolorosísima súplica final:

“¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir! - y le lloraba la voz.”

Todo ser que se pregunta se ve abocado a una preocupación intensa, metafísica: tratar de descifrar el sentido de una vida que inexorablemente acabará por situarnos ante la perspectiva de la muerte, del irrevisable acabamiento, de la desesperante Nada. Nuestro Augusto, cierto es, no entiende la “realidad” que le rodea muy bien -o incluso podríamos decir que no la entiende en absoluto y cuando se confronta con el mundo que le rodea no sabe si él es un ser real o si los que son absolutamente irreales son todos los demás, todos los que no forman parte de su “yo”. La alteridad le desconcierta:
“Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy yo, e iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras he fantaseado que no me veían como me veía yo, y mientras yo creía ir formalmente, con toda compostura, estaba, sin saberlo, haciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aunque no, porque tú eres joven todavía y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro”.

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Arte sin papeles. Homenaje a los artistas de la calle

amigosdepeter 02/08/2009 @ 10:14

Por Giovanni Beluche V.
1 de agosto de 2009.

Este homenaje nació cuando conocí la historia del experimento realizado por Gene Weingarten que le valió un premio Pulitzer en 2008. Este periodista del Washington Post puso al gran músico Joshua Bell a tocar su Stradivarius de tres millones de dólares, en la estación L´Enfant Plaza del metro de la ciudad de Washington. Pasando desapercibida su verdadera identidad y como si fuera un músico callejero, Joshua tocó durante cuarenta y cinco minutos. La gente siguió de largo sin apreciar las interpretaciones que hacía uno de los más grandes violinistas de la actualidad. A partir del experimento se han dado diversas interpretaciones, muchas de ellas interesantes. A mí me impactó el hecho de que un sombrero en el suelo para juntar monedas, descalificara de antemano al artista.

Esta historia es interesante y conmovedora. Desgraciadamente el capitalismo tiende a convertir el arte en mercancía, extendiendo el prejuicio de que lo bueno sólo se consume en los grandes teatros y carísimas galerías. Ciertamente grandes obras de arte se comercializan en cifras astronómicas en galerías y subastas, las cuales van a parar a la colección privada de unos pocos burgueses de buen gusto o simples esnobistas con dinero. En vez de colgarse en los museos, exhibirse en parques y edificios públicos, donde el ciudadano de a pie pueda disfrutar y maravillarse, las obras se privatizan para el goce de quien puede pagarlo. Un Dalí es para los ricos, para el pueblo el Cow Parade.

Por fortuna, las nuevas generaciones están produciendo formas de interacción entre los llamados artistas de la calle y circo callejero con el público amplio y popular. Me encanta verlos en las marchas, con sus disfraces, maquillajes, zancos, instrumentos y malabares. Interactúan en los barrios y los pueblos, hacen grafitis, suenan sus tambores con ritmos pegajosos, pintan mariposas en las caritas de los niños, dibujan flores en el inocente rostro de las niñas, estimulando el amor por una naturaleza invadida por desechos industriales y construcciones de lujo. Los cuentacuentos dejan boquiabiertos a grandes y chicos con sus historias, llenas de amor por lo sencillo y la abundante candidez en que convive lo real con lo fantástico. Caminan en zancos revelando lo grande que puede ser la humanidad cuando rinde tributo a lo simple, cuando entrelaza presente, pasado y futuro, cuando pone la virtud por delante del dinero.

Son artistas de verdad, en esos hombres y mujeres se materializa aquello de “trabajar por amor al arte”. Su vínculo con el público no empieza en la boletería, apenas un sombrero en el piso nos recuerda que también necesitan comer como cualquiera. Que cada quien aporte según sus posibilidades, pero a nadie le niegan el acceso al espectáculo. En la calle no hay galerías privadas, ni balcones para que la señorona almidonada no se junte con los pobres, ni palcos acolchonados para acomodar al mejor postor. Niños y niñas ocupan los sitios de privilegio, chicos y adultos se sientan en la acera, en el piso del gimnasio de la escuela, en la dura calle donde circulan cada día hacia sus estudios y trabajos.

A los artistas de la calle se les ve en las protestas anti globalización, acompañando a las comunidades que exigen el derecho al agua, en las marchas contra la guerra, en las movilizaciones contra los gorilas golpistas de Honduras. Tienen el corazón lleno de una solidaridad desbordante con los humildes y un profundo cariño hacia la naturaleza, se presentan en escuelas, hospitales y comunidades, nos llenan de esperanzas porque comparten el sueño de que otro mundo es posible. De ahora en adelante, cuando los encuentres en una esquina o aprovechando la luz roja del semáforo para deleitarte con sus malabarismos, te invito a verlos como amigos. No tienen teatros propios con paredes y butacas, pero su escenario habita en los corazones de los humildes y en las sonrisas de los niños y las niñas. Gracias artistas de la calle.

mas musica para el cambio

amigosdepeter 01/08/2009 @ 12:17


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