Niebla
Por Gracia Diaz-Telenti como comentario al artículo Lucidez
Unamuno (1864-1936) sintió a lo largo de su vida un anhelo, una poderosa pasión, un ansia inexplicable de eternidad. Nada (1914) contiene intensas formulaciones de este tipo y arranca de la realidad de un “hombre de carne y hueso”: Augusto Pérez, que se nos presenta, en un principio, como un contemplativo, como un ser que considera que tomar posesión de las cosas usándolas es degradarlas y degradarnos, al mismo tiempo, con ellas:
“Es una desgracia eso de tener que servirse uno de las cosas -pensó Augusto-; tener que usarlas... La función más noble de los objetos es la de ser contemplados... Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males.”
Pues bien, esta criatura -de la que Don Miguel nos dice que es un “paseante de la vida” (pese a lo que algunos críticos han querido ver, o efectivamente han visto) es un ser que alberga en su interior más profundo, dudas de un carácter existencial indiscutible y desde un principio. Que los demás no lo reconozcan no es óbice para anular la fuerza cósmica de un ser que duda. Augusto duda del valor del trabajo como expectativa final de todo ser humano que no quiera ser tachado de vago y se decanta por el ‘pensar’ que socialmente no está muy bien considerado. Todo lo cual le crea un conflicto: se debate entre el absurdo de no saber qué es lo que se espera de los seres humanos y la agonía de intentarlo, aún a costa de sentirse, las más de las veces: irreal, nebuloso, como de puro cuento. Augusto es un “ser pensante” que pone en solfa la frenética actividad humana, pues en ella ve sólo un modo y un medio del que los hombres se sirven para huir de sí mismos, para no pensar, lo que indudablemente daría mucho más trabajo. Y nos lo dice bien claro:
“¡No yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento... Porque, vamos a ver, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago?... ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía!.”
Y efectivamente, con su imaginativo pensar, irá ensanchando sus preguntas poco claras, oscurecidas por vertiginosas nieblas interiores, hasta llegar a la bien articulada y dolorosísima súplica final:
“¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir! - y le lloraba la voz.”
Todo ser que se pregunta se ve abocado a una preocupación intensa, metafísica: tratar de descifrar el sentido de una vida que inexorablemente acabará por situarnos ante la perspectiva de la muerte, del irrevisable acabamiento, de la desesperante Nada. Nuestro Augusto, cierto es, no entiende la “realidad” que le rodea muy bien -o incluso podríamos decir que no la entiende en absoluto y cuando se confronta con el mundo que le rodea no sabe si él es un ser real o si los que son absolutamente irreales son todos los demás, todos los que no forman parte de su “yo”. La alteridad le desconcierta:
“Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy yo, e iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras he fantaseado que no me veían como me veía yo, y mientras yo creía ir formalmente, con toda compostura, estaba, sin saberlo, haciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aunque no, porque tú eres joven todavía y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro”.


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