Hoy hace once años que mi padre y su sueño de disfrutar de una vida tranquila en un pueblito del sur de España desaparecieron para siempre. Afortunadamente, poco antes de que eso ocurriera nos dejó este bello y erudito legado de su sueño e ilusión, que siempre lo seguirán siendo mientras él descansa en las soleadas y perfumadas laderas de la sierra de Gádor.
El Algarrobal en la Vega. Por Antonio Fernández y González
Madrileño de nacimiento, desde hace algún tiempo decidí emprender una discreta “huida hacia el Sur”, previendo la jubilación: tengo una casa con huerto trasero en la localidad de Dalías, en la baja Alpujarra almeriense. Y tengo también unos vecinos cuyos antepasados han sido agentes y testigos de numerosos avatares socio-económicos: la comarca del Campo de Dalías fue puerta del neolítico en Europa, así como zona de tránsito entre las civilizaciones mediterránea y atlántica. Con el fluir del tiempo, se han ido decantando en sus pobladores sentimientos de plena identificación con su entorno territorial: aprecian justamente sus raíces y legado histórico, y conocen el valor y potencial de sus recursos naturales, que posibilitaron el desarrollo secular de importantes actividades relacionadas con la agricultura, la pesca o la minería.
Bajo la dominación árabe, Dalías tuvo justa fama de ser rica no solo en huertas y variados frutales, sino también en morales para la cría del gusano de seda, cuya industria propició hacia el siglo XI un floreciente comercio de telas de lujo y alfombras con el resto de los países de la cuenca mediterránea. Durante la segunda mitad del siglo XV, a los mudéjares se les permitió seguir cultivando en las zonas rurales conquistadas por los cristianos, reservándose éstos los mejores marjales de regadío en las cañadas arcillosas, que acostumbraban a dar en renta o a censo. Cuando Felipe II decretó la expulsión de los moriscos –o cristianos nuevos- en 1570, después de su rebelión en la Alpujarra, en el campo de Dalías pudieron permanecer varios grupos de aquellos, gracias a que conocían muy bien la compleja organización de los regadíos y la tecnología de la seda.
El apellido poco común de uno de mis vecinos – Lirola-, figura en la relación de las cien familias de cristianos viejos repobladoras de los terrenos confiscados a los moriscos, según reza en el Libro de Apeo/Repartimiento de Dalías (1575), del archivo municipal daliense. Este vecino es hombre que ha sabido, y sabe, vivir. Parco en la expresión, aunque afectuosos, sus palabras suelen traducirse en sentencias cuando habla; su ayuda constante y sus consejos al implantar mi pequeño huerto han sido inestimables. Disfruta cuando puede regalarnos algunos de los productos de sus tierras y, sobre todo, ofreciéndonos campechanamente en su cocina, ya pasado el mediodía, un vaso de vino alpujarreño. Solemos acompañarlo de habas tiernas, y de suculentas lonchas de tocino entreverado que él va cortando sobre la marcha, con gesto seguro y hábil, de unas estrechas tiras cubiertas de sal. Otras veces, deliciosos présules o guisantes tempranos sustituyen a las habas; y en algún caso, el tocino cede su turno a la butifarra, la longaniza o el salchichón.
En numerosas ocasiones, mi vecino se había referido a su cortijo en la Vega, como fuente principal de los anteriores productos. Al llegar a la Vega hay que atravesar un cerro que se alza paralelo al pueblo, protegiéndolo de vientos de Levante. La mañana era espléndida, de otoño mediterráneo. Una claridad luminosa inundaba todo, y en el ambiente se fundían trinos de pájaros invisibles y suaves olores silvestres. Seguimos un camino ascendente, que tiene todas las trazas de ser muy antiguo, serpenteando entre los bancales. Muchos de éstos bancales están ahora ocultos, y algunos muestran todavía los maderos, alambres y mosqueros que sustentaron, hasta hace pocos años, la pujanza parralera de Dalías.
Al poco de descrestar, el camino comienza a bajar abruptamente hacia la rambla de Almecete. La Vega es un vallecito de terrenos abancalados , con cierta anchura en algunos tramos, por cuyo centro discurre la citada rambla. Este cauce recogía en tiempos remotos al caudal de las fuentes de Celín, aforado en 140 litros por segundo, procedente de un acuífero permanente en la Sierra de Gádor; pero en la actualidad el cauce está seco, excepto cuando llueve con intensidad. Porque aquel tesoro de agua continúa distribuyéndose como hace siglos, bien canalizada y regulada según turnos precisos, entre los innumerables predios y cortijos dalienses. Precisamente aquel día, bajaba una abundante y ruidosa cascada por la ladera, bien controlada por acequieros, “tapaores” y relojeros, para regar los cultivos que hay en la margen derecha de la rambla. A ambos lados de la Vega están protegidos por segundos montos, cuyas mejores tierras superficiales se fueron acumulando allá abajo, por la erosión a través de los siglos. En ellos hay restos de un antiguo horno de cal y , entre los matorrales que pueblan sus tierras roquizas, se crían perdices, conejos y jabalíes.
La parte más ancha de la Vega se llama El Algarrobal, en recuerdo de lo que fue un gran cortijo perteneciente a la familia política de mi vecino, dedicado a la producción y exportación de gran cantidad de uva Ohanes. Actualmente las tierras de El Algarrobal se hallan distribuidas entre numerosos herederos de aquella familia, uno de los cuales es la esposa de mi vecino, que me contó una tarde la historia del antiguo cortijo. Su herencia consta de varios bancales con los restos, todavía casi habitables, de una casa que debió ser la principal de la finca, a juzgar por su óptimo emplazamiento a media ladera, el horno, porche y dependencias anexas. El cortijo debe su nombre a que en las laderas de la rambla existieron numerosos pies de algarrobo –Ceratonia silicua-, árbol mediterráneo donde los haya, algunos de cuyos ejemplares subsiste todavía cerca de la cortijada, en compañía de una encina –Quercus ilex- centenaria, cuya silueta destaca no solo por su gran porte, sino por ser prácticamente el único árbol de ésta especie que por allí se observa. Recuerdo haber leído que en el siglo XVI dominaban en esta sierra dos alianzas vegetales, entonces en estado de climax, o cabeza de serie: la Quercion ilicis y la Oleo Ceratonion, comprobando que hoy día se hallan en fases subseriales, con evidente peligro de desaparición en estos parajes, dado el alto valor agrícola de los suelos.
Una de las mayores aspiraciones de la familia de mi vecino, y especialmente de su hija, es rehabilitar dignamente este antiguo cortijo, donde a sus mayores les cupo vivir, sin duda, épocas de trabajo y de sosegado esparcimiento, contemplando desde aquel porche los yermos llanos de El Ejido y, poco más allá, el azul amplio del Mare Nostrum. En los bancales de riego hay naranjos y limoneros; recientemente, han plantado 150 olivos que fueron a buscar a un vivero de la provincia de Jaén. Los jóvenes plantones han prendido perfectamente, esperándose obtener las primeras aceitunas dentro de un año. También van a utilizarse los postes y alambradas de otro antiguo bancal de parrales reponiendo este cultivo con una nueva variedad de uva temprana, sin granuja, para evitar las labores de engarpe ó polinización artificial que precisaba la clásica variedad Ohanes, y que además tiene buena demanda en el mercado.
En uno de los rebazos, subsisten varios naranjos viejos que no se riegan ni se tratan con plaguicidas. Mi vecino quiso que probara sus frutos, encaramándose ágilmente –con sus setenta y pico años a cuestas- a uno de ellos. Aquellas naranjas pequeñas, sin pipo, de piel extraordinariamente fina y color amarillo pálido, han sido unas de las de más agradable sabor que he probado; no me extrañaría que proviniesen directamente del legendario Jardín de las Hespérides. Hice promesa de intentar que no desaparezca esta sabrosa reliquia, al parecer poco valorada en nuestros días, injertando alguna de sus púas en los jóvenes naranjos de mi huerto.
Un automóvil que había remontando el cauce pedregoso de la rambla vino a recogernos, evitando así el fatigoso retorno a pie. Durante el trayecto hacia casa meditaba yo, tratando de encontrar la justa dosis de progreso que cabría introducir en el modo de vida rural de nuestros antepasados, para vivir hoy una existencia humana digna de tal nombre. Porque ya decía Marco Valerio Marcia, que tener un campo no desagradecido –non ingratus ager- es una de las cosas que hacen más feliz la vida.
Mayo de 1997