En algunos países de centroamérica, en especial en las zonas fronterizas, dícese del modo por el que el administrado debe hacer entrega al funcionario del merecido complemento de productividad, instrumento imprescindible para motivar al servidor público y así no abrace la apatía ni el absentismo.
Sombreadito viene de sombrear, esto es, de procurar sombra, ocultar algo de la luz cegadora del astro sol, que en estas latitudes suele ser especialmente intensa y deslumbra, aunque en la región prefieren usar el verbo encandilar. Así, el administrado debe proceder a entregar el complemento entre la documentación requerida para la gestión que precise (que ocupe) y hacerlo de tal suerte que el funcionario se percate para que surta efecto dinamizador, pero sin que lo perciba el resto. De ahí el matiz, sombreadito es oculto pero no para todos, una opacidad si se quiere selectiva, pues debe ser visible para el perceptor, opaco para el público circundante.
En España se utiliza la expresión por debajo de la mesa, lugar donde en efecto sombra hay, pero que es ajena a la región, pues puede que el funcionario no disponga de semejante pieza de mobiliario inventariable, y esté erguido o enhiesto (parado), para así con su postura facilitar la cercanía con el administrado sin que medie la fría mesa de despacho.
En cuanto al fondo de la operación que se sombrea, la explicación más usual dada por el vulgo siempre proclive a la queja y la soflama, es que se trata de un cohecho (mordida). Así lo recoge Maikol García, (la Voz del Istmo, 30 agosto 2004), en un artículo donde afirma rotundo: “Sombreadito o en sobre, como las sopas Knorr, nuestras administraciones están llenas de corruptos, de funcionarios sobrecogedores y ensombrecidos”. Otros analistas más sutiles (Yorleny Sánchez, La sombra, Webber, y la ética pre-evagelista, Flexo 2006) sostienen que el acto de sombrear proviene de la necesidad de ocultar cualquier operación que tenga que ver con el dinero, aunque sea un complemento de productividad, por la ética católica heredada de los españoles, que torna sucia cualquier actividad monetaria.
Otros, (Gabriel Lumeo, De Panamá a Guatemala en buseta, Ediciones del canalillo, 2006) se atreven a evocar la influencia oriental, citando el conocido libro de Tanasaki Elogio de la Sombra (ediciones Siruela) en el que se incide en la importancia que la sombra tiene en la cultura japonesa, la obesión de occidente por mostrar, o exponer, la sobreabundancia de luz, en una granja de gallinas o en un hiper. Tanasaki pone también el ejemplo de los sanitarios, que en occidente deben estar cuanto más iluminados mejor y ser de blanco nuclear, mientras que en oriente se prefiere la madera, no sé si incluso debe se estar a juego con el color de cuanto allí se despacha. Sombrear es por tanto rendir culto a la sabiduría oriental, preferir la discreción a la exhibición, el patio al escaparate.
Y dado que de sanitarios y de dinero se habla, Lumeo concluye con el famoso non olet (título además de un libro Rafael Sánchez Ferlosio), expresión utilizada por el emperador Vespasiano en relación al dinero y en respuesta su hijo Tito Livio, cuando éste le recriminaba el cobro de impuestos a los urinarios públicos. Tenía razón Vespasiano, sostiene Lumeo, el dinero no huele, ya provenga de un río cristalino o de una cloaca, pero ya que hay que usarlo, sombreadito por favor, sombreadito.
M.A.